La máquina de escribir
No veía nada, pero todo lo podía ver: ese lugar que había creído olvidar se alzaba ante los ojos que seguramente seguían morados. Ese lugar que tanto añoraba lo profundo de su subconsciente se hizo verdad. Esa habitación que creyó haberse tragado el odio y la memoria se le presentaba intacta quince años después. No hubo tiempo para procesarlo: lágrimas manaban de sus ojos sin darse la posibilidad siquiera de permitirse el orgullo de decidir si llorar o no por ese espacio donde sus ojos vieron por primer vez la luz; un llanto de años represado que se soltaba con la fuerza de las cascadas después de los deshielos de Canadá. Un sentimiento que su cuerpo necesitaba soltar por fin para que ella, Esmeralda, pudiera descansar.
Todo estaba en su lugar, como antaño. Incluso el peluche que había dejado en el piso luego de salir corriendo seguía acumulando polvo en el punto exacto. Era como si los moradores de esa familia, sus progenitores, hubieran deseado paralizar el curso del tiempo e inmortalizar ese humilde rincón de una casa de Aranjuez para seguir sintiendo cerca al hijo que botaron a la calle por no ser lo que ellos pidieron para él. Un marica.
El niño de la foto roída y amarilla del polvo que llegaban con los vientos de agosto seguía ahí, aún recibiendo de la mano de su padre el diploma que lo certificaba como potencial juguete del sistema, incluso con la misma inclinación en la que quedaba por no ser capaz de ajustarla bien. Faber est suae quisque fortunae: de parvis grandis acervus erit, recordaba las palabras que siempre el director decía y en cuyas banderas tal inscripción estaba marcada, pero que parecían más una unión de frases latinas para darle caché al lema institucional que una real significado.
La camisa recién planchada del uniforme para el otro día seguía así, planchada, dispuesta en el mismo nochero en el que ella le dejaba incluso la ropa interior para que al día siguiente no lo cogiese el día. ¿Y los zapatos? Ahí, debajo del mismo nochero, con cada media en cada bota para que no tuviera que perderse buscando al amanecer.
Y el maletín, el mismo de cuero que lo hacía sentir importante en el colegio, seguía con sus cuadernos adentro, con la tarea a medio hacer para terminar en la primera hora de clase. ¿Seguiría el mismo sánduche que había dejado para que no estuviese muerto del hambre al otro día? Seguramente: con la enésima generación de esas primeras colonias de hongos que llegaron allí por primera vez.
¿Y el libro de español? Ahí estaba. Ahí seguía encima del escritorio de tres patas con las caras de los modelos de la portada rayadas y con todos sus ejercicios resueltos por el hijo rico del padre anterior que compró el libro y donó para que alguien con menos privilegios lo tuviera también.
La máquina de escribir que los abuelos le regalaron para que estudiara y su padre usaba para componer sus versos estaba cubierta con la misma bolsa de basura que la había acumulado y protegido del polvo de todos esos largos años. El viejo no la había usado durante todos esos meses, entonces.
Incluso la correa de Bruno, la misma correa de piedras negras seguía colgada esperando que la usaran en un perro que claramente hacía años ya no estaba: sostenida de su hebilla por un clavo que no daba visos de ceder muy pronto. ¿Y la metáfora? Que pudieron sostener como los padres nunca pueden con el abandono de un hijo.
Incluso la correa de Bruno, la misma correa de piedras negras seguía colgada esperando que la usaran en un perro que claramente hacía años ya no estaba: sostenida de su hebilla por un clavo que no daba visos de ceder muy pronto. ¿Y la metáfora? Que pudieron sostener como los padres nunca pueden con el abandono de un hijo.
Creyó Esmeralda estar en el mismo cielo, pero entonces reaccionó al hecho de que aquel lugar seguía siendo demasiado feo y sucio incluso para considerarlo sueño. Fue ello que le hizo ver su consciencia: supo que ese lugar era el mismo caído y lleno de humedad que empero le daba paz y que aun en la pobreza nunca dejó de anhelar.
El miedo se hizo carne cuando, luego de su regreso astral de la vida que ya no podía ser, escuchó el mismo chancleteo que ni eso pudo borrar la mujer que tantísimos días atrás entraba a su pieza para despedir de un beso al hijo que nunca fue capaz de olvidar; de dejar de amar. Cuando los pasos se hicieron más claros y más pesados, supo que se acercaba la vieja que creyó no volver a ver. Una mujer, de antaño piel lozana, hacía nuevamente su entrada en la vida de Antonio José, ahora Esmeralda, para que viera al canoso y arrugado rostro de la única que amó en sus treinta años de vida: su madre.
