XXIV



I

Habían pasado treinta y dos noches y X-XVIII había por fin terminado de recolectar las piezas que le servían para reconectar a X-XIV y a los demás. Sin embargo, no había sido tarea fácil: tuvo que asegurarse de que no sólo no lo vieran los acechadores que pululaban desesperados en busca de partes que pudieran cambiar por bonos de agua, sino de que no lo vieran los agentes que andaban inquietos cazando y buscando rebeldes para matarlos. 

Una bóveda que yacía debajo del Templo de la Misericordia se había convertido en el refugio de ellos dos y de los otros X más que conformaban la X1, la escuadra décima de la rebelión. Sin embargo, sólo unos pocos salieron con vida luego de que su plan de ataque a una de las torres de control fuera un completo fracaso. X-XIV, quien había quedado herido de gravedad, tuvo que ser desconectado para que las partes de su corazón pudieran ser reemplazadas, pero la desconexión supuso, asimismo, el blanqueo de sus memorias.

«¿Alguna vez podrá volver a recordarme?» Pensaba inquietante X-XVIII, quien no dejaba de culparse una y otra vez por lo sucedido. Quien no podía soportar que aquel amigo suyo no volviera a recordar todo lo que habían vivido juntos los dos: desde la noche en que se conocieron, cuando las torres fueron activadas, hasta aquella última noche en que dio su vida por él.  

X-XVIII, el X que había pasado a ser el líder de los otros pocos que quedaban en la escuadra, más por obligación que por convicción, se encargó, junto con X-XI, de la búsqueda de piezas para los demás integrantes heridos. Sabían que habían fallado en el plan que armaron durante tanto tiempo, pero sabían de paso que no se iban a dar por vencidos. No lo podían hacer. Por el momento lo único que necesitaban todos era descansar. Necesitaban rearmarse si querían retomar el plan de hacerse con el mando de la torre tutelar que se les había asignado y así liberar del control mental en el que se encontraban todos los habitantes de la ciudad. Necesitaban, además, que la lucha y la muerte de sus compañeros no quedara impune. 

Durante esas treinta y dos noches luego de la fallida toma, el equipo tuvo que dividirse, unos para salir a los alrededores a buscar piezas mientras los otros se quedaban vigilando, desde adentro, que nadie los encontrara. La ciudad estaba completamente custodiada, pero se las habían arreglado para modificar las cámaras del gobierno cercanas al Templo para que el lugar fuera completamente seguro para ellos. X-X  y X-XII  habían recuperado su movilidad luego de que se les encontrara unos sustitutos a los brazos que habían perdido. X-XVIII no sufrió mucho daño en su estructura más allá de unos cuantos tornillos, al igual que X-XI y X-XVI. X-XIII, X-XVII y X-XIX habían muerto y fueron desarmados por los acechadores de la torre, y de X-XV no se sabía nada. X-XIV, por su parte, cayó herido cuando una lanza que iba originalmente para X-XVIII le atravesó el corazón y sus circuitos quedaron destrozados. Su caída, entonces, supuso la huida de un grupo que ya no se podía dar el lujo de perder a otro más de sus integrantes y el fracaso de una misión que tenían que completar para que el Plan Maestro pudiera ser llevado a cabo. 

Todo lo que tenían que hacer era desconectar la máquina central y tomar el control de la torre oriental, pero no contaban con que el gobierno se diera cuenta de sus planes ni que hubiera ordenado un refuerzo en la seguridad de la misma. ¿Un traidor, acaso? Para ellos parecía la única respuesta, pero no tenían tiempo de pensar en ello. Lo único que necesitaban era recuperarse para replantear el plan inicial y volver a atacar si era necesario.


II

—Acá X-XVIII de la escuadra décima. Si pueden escuchar, quiero decirles que fallamos. El enemigo descubrió enteramente nuestros planes y envió a agentes del Ministerio de Defensa como refuerzo, quienes nos esperaban junto con los acechadores para emboscarnos y acabar con nosotros. ¿Por qué estaban trabajando juntos acechadores y agentes? No lo sabemos, pero muchos de los nuestros no sobrevivieron. Muchos quedamos heridos. Otro más desapareció. Si ustedes lograron sus cometidos o si fracasaron, es un misterio para nosotros, así que esperamos su confirmación. Fuera. 

Habían perdido toda la comunicación con las demás escuadras y luego de muchas noches de espera, nadie respondió. Estaban en vilo. No sabían si quedarse en la bóveda luego de la traición que se había cometido ni tampoco sabían si salir al exterior y enfrentar el peligro de los acechadores y los agentes del Ministerio, quienes al parecer se habían aliado para cazarlos. X-XI vigilaba las cámaras de seguridad para saber si alguien llegaba por ellos o si había alguna señal de X-XV. X-XVI pulía y afilaba sus armas mientras X-X cargaba las suyas. X-XII se había enfrascado en arreglar a X-XIV y recuperar las memorias, pero no lo había logrado, y X-XVIII, quien sufría la culpa por lo que le pasó a su íntimo compañero, no dejaba de pensar en él ni en lo que pudo haberles pasado a las demás escuadras. 

La noche en que lo conoció fue la misma noche en que las cinco torres fueron activadas, cuando la reunión mensual de los X se llevaba a cabo. X-XVIII se encontraba discutiendo uno de los tantos planes que allí se ideaban para entrar en la ciudad y tomarla, cuando una alarma comenzó a sonar y muchos de los que se encontraban en el sitio comenzaron a disparar indiscriminadamente. Aquellos ojos rojos y desorbitados, las voces distorsionadas que salían de sus bocas y su total incapacidad para escuchar a los demás, les hizo dar cuenta a los X que aquellos que reaccionaron violentamente habían recibido las piezas de refacción que tanto publicitó el gobierno, y que como ellos, todas las personas que las hubieran recibido también estarían actuando igual. X-XIV fue quien se percató y les hizo caer en cuenta a los demás que las extrañas acciones de aquellos hombres y mujeres fueron provocadas una vez las torres de la ciudad comenzaron a brillar y entonces supieron desde ese momento que eran estas las que controlaban a la población entera.

Desde ese día, X-XIV se ganó el interés de X-XVIII y se hicieron inseparables: entrenaron juntos; idearon planes cada noche que podían; realizaron juntos misiones de infiltración; pelearon codo a codo; salvaron a muchos de las calles y reclutaron a otros jóvenes que, como ellos, se encontraban inconformes con el Sistema. Se hicieron uno solo. 

Se habían enamorado, y por ello, era tan importante para X-XVIII que su compañero viviera, aunque hubiera supuesto la desconexión de su unidad central para reemplazar las piezas del corazón, con el posterior efecto de la pérdida de memoria para llevar a cabo el procedimiento. Él prefería que X-XIV siguiera con vida, así no lo recordara ni se acordara de todo lo que habían vivido, pues en el fondo sabía que podía volver a enamorarlo como lo hizo ya una vez. 

Pero las memorias que traían a la vida se vieron interrumpidas y la tranquilidad les duró poco a todos: uno de los radares empezó a sonar. Luego dos más. Luego los cuatro que estaban en la entrada del Templo. Luego, en las cámaras, un grupo de encapuchados apareció acercándose hacia la entrada de la bóveda. ¿Agentes del MD? ¿Acechadores? Todo parecía posible.

—Hey, X-XVIII, ¡rápido! tienes que ver esto ya mismo. Parece que tenemos compañía— Le dijo X-XI, sobresaltada.

X-XVIII, que estaba al lado de la camilla donde X-XII tenían a X-XIV, se levantó alarmado a la pantalla de seguridad, donde confirmó lo que su compañera le había estado diciendo. 

—¡ALERTA! ¡Cierren la bóveda y activen el protocolo! X-XII, esconde a X-XIV.  X-XVI y X-X, alisten sus armas. Prepárense para todo. ¡Prepárense todos para morir si es necesario!— Dicho esto, todos en la bóveda se alistaron para el enfrentamiento que parecía acercarse.  

Toda la escuadra aguardó mientras un grupo de encapuchados se iba adentrando al Templo y se acercaba a la entrada de la bóveda. Estos, a medida que fueron acercándose, escucharon el sonido de muchas armas cargándose, listas para atacar cuando fuera necesario. No obstante, no parecían dispuestos a retroceder.



III

El grupo de liberación X es el grupo de rebeldes que se han opuesto al Estado desde hace años y quienes empezaron a salir del anonimato luego de que éste comenzara a distribuir un implante a toda la población con la justificación de una mejora en sus circuitos. El Estado prometió a la población que el implante les iba a otorgar una duración más prolongada de sus baterías, espacio extra en sus memorias, e incluso un mayor control de sus cuerpos, aunque no explicaran cómo; evidentemente los X, tan escépticos del gobierno, sabían que no era tan loables las intenciones del Duque y que los dispositivos de mejora tenían un fin distinto al que promulgaban, así que nunca tomaron dichas piezas. Y tenían razón: no había ninguna buena intención en el plan del gobierno; nunca hay una buena intención por parte del gobierno si no implica beneficiarse a sí mismo y era justo lo que iban a hacer con ello.  

Una noche cualquiera, cuando el gobierno estuvo seguro de que la mayoría ya contaba con el implante, la torre que se había construido en el Centro y había durado algunos años sin prestar función alguna, comenzó a brillar de un momento a otro y empezó a emitir un sonido que les llegó a todos los ciudadanos. Todos los sentían como un silbido en el oído, pero no parecía provocar más que una sola molestia. Inmediatamente, las cuatro torres tutelares, construidas en el mismo tiempo e igual de inoperantes que la primera, fueron activadas y empezaron a encenderse también.  

Por eso, cuando descubrieron su función verdadera, el nuevo objetivo de los X, antes de tomar la ciudad misma, era tomar las cinco torres que estaban erigidas en cinco puntos estratégicos de la ciudad y que resultaron ser las transmisoras de la señal que recibían los habitantes que estaban siendo controlados a lo largo y ancho del territorio. Además, eran las receptoras de toda la información recolectada de las zonas en las que están distribuidas: la torre de Minas controlaba el sur; la torre de Hatillo, el norte; la torre del Mirador, tenía el control del occidente; la torre de Versalles, controlaba el oriente. Y la torre de Aguja, al centro, era la encargada de recibir las demás señales, desde donde se tomaban todas las decisiones y cuya locación se convirtió en la sede del poder municipal, por lo que era indispensable tomar las cuatro para acceder a ella, y por ende, la ciudad entera. 

Los X, entonces, decidieron separarse en varias escuadras para que fueran más difíciles de localizar por los agentes del Ministerio y pudieran tomar las cuatro torres a la vez: los X0 se localizaron al sur; los X1 se establecieron en el oriente; los X2 fueron por el norte; los X3 hacia el occidente; los X4 en las inmediaciones del centro; los X5 y X6 se quedaron en la base como reservas. Todas tenían una misión específica, siendo la de las cuatro primeras la toma de las cuatro torres de control para la posterior toma de la torre central. 

La torre de Versalles era aquella que le correspondía al grupo de X-XVIII y X-XIV: los X1. Se habían establecido en un antiguo templo dedicado al culto de Jesucristo cuando las personas no habían abandonado a sus dioses antiguos, pero desde que el cristianismo desapareció, el templo fue abandonado. X-XIV, quien conocía muy bien la zona, sabía que el último párroco había mandado a construir una bóveda donde se refugiaba cuando las alarmas sonaban en señal de ataque y que resultó ser muy útil para la misión que tenían. El sitio, además, resultó ser estratégico pues se encontraba cerca de la torre, lo que suponía una llegada fácil y rápida en caso de que la misión fracasara, como ciertamente pasó.



IV

Cuando las armas estuvieron a punto de descargarse, el encapuchado que guiaba a los demás se quitó la túnica y dejó ver sus características refacciones pintadas de azul y verde. Era X-XV, quien, al parecer, había llegado con refuerzos desde el cuartel. Todos los integrantes de la escuadra, quienes se encontraban evidentemente asustados, descansaron cuando X-XI lo reconoció y vio la marca de la X en las personas que venían con él. 

—¡ESPEREN! ¡NO DISPAREN! —gritó X-XV una vez se quitó la túnica que lo cubría —Amigos, no disparen que vengo con refuerzos. Tenemos noticias del comando central.

—Ya les abrimos, X-XV ¡Salgo en un momento! —le dijo por el micrófono X-XI visiblemente emocionada, quien se levantó del asiento del puesto de vigilancia cuando X-XVIII la detuvo en seco. 

—No podemos abrirles. No sabemos qué intención tiene. No sabemos si es el traidor. No sabemos cómo, o cuándo, o por qué desapareció de la torre. No sabemos quiénes son sus acompañantes. No sabemos nada de ellos en este momento.

—¿Qué estás diciendo, X-XVIII? ¡X-XV es mi hermano! Y mi hermano no es ningún traidor. ¿No ves todo lo que ha arriesgado para traer refuerzos?

—¡NO! No, X-XI. No puedo arriesgar más a mi escuadra. No puedo ponerlos en peligro. No puedo dejar que nada nos pase.

—¿Tu escuadra? ¿Quién te convirtió en el líder, para empezar? Si estás vivo es sólo porque X-XIV te protegió, de lo contrario serías chatarra de acechador, como los demás.

Hubo silencio adentro en la bóveda, mientras X-XV y sus acompañantes esperaban ansiosos afuera. Todos se miraban sin saber que hacer mientras X-XVIII y X-XI se miraban fijamente, evidentemente alterados. Cuando pasaron algunos minutos y nadie había tomado decisión alguna, X-XII por fin tomó la palabra. 

—X-XVIII, creo que es mejor dejarlos entrar. No tenemos nada más que perder. Prácticamente lo perdimos todo.

—¿Pero qué dices, X-XII? No hemos perdido nada, pero lo podemos perder si nos traicionan una vez más.  

—Ni siquiera estamos seguros si lo que pasó en la torre fue una traición —interrumpió X-X— Pudo haber sido simplemente un refuerzo por parte del MD, no necesariamente una complot por parte de alguno de nosotros. 

—¿Es en serio que todos están de acuerdo con que abramos la puerta? ¿Eso quieren entonces?

Y nadie dijo nada más. El silencio fue interpretado por X-XI como una aceptación implícita del grupo a la apertura de las puertas, así que se levantó, se dirigió a la entrada, y sin intervención de X-XVIII, apagó la seguridad para abrir la puerta y dejarlos entrar. Cuando llegó a la entrada y vio a su hermano, los dos se fundieron en un abrazo que creyeron nunca se volverían a dar y entraron, junto con los demás X, a la bóveda. 

Luego de algunos días, todo parecía haber vuelto a la normalidad. La llegada de X-XV había supuesto un respiro al tedio que habían vivido todos luego del encierro en el que se postraron después de haber fracasado en la misión. X-XII había vuelto a su trabajo de reconstruir el corazón de X-XIV y devolverle las memorias mientras X-XVIII perdía paulatinamente el interés de los movimientos de X-XV y de los otros X que habían llegado con él.

El corazón ya estaba listo, y aunque ahora negro por las nuevas partes que encontraron para él, había empezado nuevamente a latir. Sus memorias, no obstante, no volvían. Era una máquina fría, más por su falta de conciencia que por el metal que lo recubría. 

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Error.

El destello rojo en lo que eran sus ojos sólo indicaba que la carga de sus recuerdos fallaba una y otra vez,  y cada sonido de error era un  punzón de dolor en el pecho de X-XVIII, quien iba perdiendo las esperanzas con cada intento fallido que pasaba. 

¿Cuándo los humanos pasaron a convertirse casi completamente en máquinas que cambian a su antojo las partes de su cuerpo, que no se alimentan y se mejoran a sí mismos para no morir? El hambre desapareció, los neohumanos aprendieron a sobrevivir sólo de agua y la muerte por vejez había sido completamente eliminada, pero la población mundial creció tan descomunalmente que el mundo no aguantó el ritmo en el que se consumían sus recursos y millones perecieron cuando el agua quedó bajo el poder de unos pocos países que contaban con el preciado bien. El planeta, además, quedó sumido en una fosa fría y oscura luego de que la guerra entre China y los Estados Unidos terminara en la destrucción de la mitad de esta última nación y una nube eterna de gas, resultado de la explosión, cubriera toda la atmósfera.

No obstante máquinas, los sentimientos humanos nunca desaparecieron de sus conciencias, por mucho metal que hubiera sido reemplazado en sus cuerpos y por mucha facilidad que existiera en la sustitución de sus órganos vitales. Era ese sentimiento, todavía humano, el que permitía que X-XVIII amara a X-XIV y deseara con todo su ser que su amigo volviera para recordarlo.

—¿Crees que recupere sus memorias? ¿Crees que sea posible que X-XIV vuelva a ser el mismo de antes? —Le dijo X-XVIII a X-XII mientras seguía intentando calibrar su cerebro en espera de algún resultado positivo.

—Es extremadamente difícil, aunque virtualmente posible. Lo que sucede es que cuando un cuerpo queda tan herido, y sobre todo en un órgano vital como lo es el corazón, para reemplazarlo es necesario desconectar su cerebro y su unidad central de todo lo demás para que no se produzca un daño tanto en el órgano como en el cerebro mismo. Por eso tuve que desconectarlo, así significara la eliminación de sus memorias, pues de esa manera tenía más posibilidades de sobrevivir. Lo que llegue después de la vida es un simple lujo. 
—Si no queda de otra, creo que es mejor proceder a despertarlo. Ya tendré tiempo de...

La conversación de X-XVIII y X-XII fue interrumpida cuando de un momento a otro escucharon un grito de dolor que llegaba de la sala de vigilancia. Sobresaltados, ambos se levantaron y se dirigieron hacia allá. Cuando llegaron, X-XI tenía una espada clavada en el corazón y sus ojos, quienes miraron a X-XVIII una vez él llegó, se apagaron cuando X-XV enterró con más fuerza el arma que le había atravesado a su hermana.


V


—Abre los ojos. 

—…

—Abre los... 

—…

—Abre…

—…

La voz que no lograba identificar se iba haciendo cada vez más lejana hasta que se dejó de escuchar por completo, y sin embargo, X-XIV no sentía ningún tipo de intranquilidad por ella. Cuando miró a su alrededor, no reconoció el lugar en el que se encontraba acostado; aquel vacío no le evocaba ningún otro sitio en el que pudiera haber estado alguna vez y tampoco intentó recordarlo. El cielo estaba nublado completamente y parecía acostado en la mitad del océano, pues todo más allá de lo que abarcaba su mirada estaba cubierto de agua, que se perdía hasta el horizonte. Cuando se levantó, al frente suyo vio el tronco de un árbol deshojado sobre una pequeña isla y unos pasos más allá había una isla más grande en la que reposaba una construcción cuadrada de una sola planta, con dos ventanas grandes en la parte de arriba y una puerta enrejada.

Aquel edificio y aquel árbol sin hojas representaron, por primera vez desde que abrió los ojos, un sentimiento de curiosidad, y aunque se asustó cuando descubrió que se podía reflejar y podía caminar sobre el agua sin problema, se dirigió hacia la construcción y comenzó a rodearla. Se veía más alta de lo que podía verse a lo lejos, como si creciera a medida que se iba acercando a ella. La puerta estaba cerrada y cuatro barrotes verticales que se veían tan oxidados y tan viejos como la construcción misma, impedían abrirla. Las ventanas sí estaban abiertas, pero estaban tan altas que era imposible acceder al interior desde ellas. 

Cuando X-XIV terminó de rodear la edificación y volvió a su entrada, vio algo que no había visto cuando despertó. Debajo del árbol yacía una figura idéntica a la suya, con sus mismas partes, su mismo corte, con la misma arma en forma de lápiz que le había regalado X-XVIII y en la misma posición que tomaba cuando se preparaba para atacar, aunque estaba completamente inmóvil. La diferencia radicaba en que aquella figura era completamente negra, de pies a cabeza como si de una sombra se tratara, y cuando salió de esa isla y quiso ir hacia ella, se dio cuenta de que su imagen ya no se reflejaba en el agua. Cuando volvió la vista al frente, su ennegrecida copia ya no estaba en el árbol, sino que corría desde atrás para atacarlo. 

—Abre los ojos. 

X-XIV volvió a escuchar aquella voz, sin que pudiera reconocerla. La figura lo atacó y él la esquivó, pero no tenía con qué defenderse ni con qué contraatacarlo. Los movimientos que realizaba eran idénticos a los que él mismo efectuaba en combate, pero luego de muchos intentos elusivos, la sombra logró golpearlo y lo siguió golpeando una y otra vez sin descanso. 

—Abre los ojos. 

X-XIV sentía el dolor de cada golpe, cada uno más fuerte y más desgarrador que el anterior, pero estos no le provocaban heridas y su cuerpo seguía intacto. La sombra que lo atacaba le atravesaba sus extremidades una y otra vez, y él sentía sus dolores una y otra vez, al punto de desearse la muerte para que el suplicio que estaba soportando terminara en algún momento. Sin embargo, la figura seguía atacándolo sin pasmo y sin piedad. 

—Abre los ojos. 

Aquella voz, que seguía repitiendo la súplica una y otra vez, se iba haciendo más reconocible con cada golpe que iba recibiendo, pero seguía sin identificarla.

—Abre los ojos, X-XIV.

Entonces X-XIV recordó la noche en que X-XVIII lo llevó a visitar las luciérnagas, la misma noche en que le regaló la espada con forma de lápiz que nunca dejó de usar.

—Ahora sí abre los ojos, X-XIV —le dijo X-XVIII, quien sostenía el arma por el mango— Quiero regalarte esto. Quiero que la lleves en cada momento. Quiero que te defienda cuando yo no esté contigo. Quiero que luche a tu lado. Quiero que te ayude a pensar en mí cada vez que no podamos estar juntos. Quiero que sea el lazo que nos una durante las eternidades que están por venir. 

Cuando se la entregó, X-XIV la tiró al suelo para tomar a X-XVIII y abrazarse con él, mientras las luciérnagas seguían revoloteando y titilando a  su alrededor. Cuando se separaron, X-XIV volvió a tomarla del piso.

—Esta es “Lápiz”, una espada hecha con partes que he ido reuniendo a lo largo de varios meses. Seguramente se ve muy grande e incluso pesada, pero ya ves que es bastante liviana, aunque no menos letal por eso. La característica principal de Lápiz es esta —entonces X-XVIII presionó dos botones que estaban en el mango de la espada. Ésta, al instante, guardó su hoja y se hizo más compacta— Como te das cuenta, es retráctil. Cada vez que presionas estos dos botones, se abre y se cierra para que la lleves en cualquier momento y para que puedas utilizarla cuando la situación lo requiera. 

Y así fue. Lápiz lo acompañó desde ese momento y durante todas las batallas que libró en adelante. Y Lápiz, o al menos su versión maligna, era la misma que lo estaba atacando una y otra vez. 
Cuando ya había pasado un rato y la sombra seguía atacándolo sin cesar, X-XIV comenzó a notar que aquella figura estaba aclarándose y tomando color, al tiempo que sus propias manos iban volviéndose más oscuras: él se estaba convirtiendo en aquella sombra y la sombra estaba convirtiéndose en él. 

—Abre los ojos.

—¡Abre los ojos!

X-XIV lo entendió. Cuando la figura estaba presta a lanzar nuevamente su ataque, recordó el mecanismo de la espada. Bloqueó entonces el ataque con su mano e inmediatamente presionó los botones del mango, para que Lápiz escondiera sus hojas y se convirtiera en un bastón inofensivo. 

La figura pareció sorprenderse con la acción que había realizado su rival, pues aunque era su misma silueta, desconocía la memoria de la persona que había estado imitando todo ese tiempo. X-XIV, aprovechando el descuido de su oponente, asestó un golpe en su rodilla y éste cayó al piso, soltando la espada en el acto. Cuando X-XIV la tomó del suelo, volvió a presionar los dos ojos de Lápiz para que esta sacara su hoja y se la clavó en el corazón con tanta fuerza que la figura soltó un clamor mudo, para luego desvanecerse y desaparecer por fin de aquel extraño lugar en el que había despertado. 

Había por fin terminado. X-XIV había caído al suelo junto con Lápiz, que no desapareció con el clon que le había propiciado tal padecimiento. Los barrotes que cerraban la puerta de la construcción se abrieron. X-XIV, sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia aquella entrada para descubrir qué había adentro de aquella estructura que lo llamaba con tanta insistencia. 



VI

X-XV y X-XVIII se habían encarnizado en la lucha que comenzaron después de que el primero asesinara a su hermana sin ninguna vacilación ni visos de remordimiento. X-XVI y X-X luchaban codo a codo contra los X que llegaron con X-XV y X-XII trataba de repeler a todos aquellos que intentaban entrar al cuarto donde se encontraba X-XIV acostado. Sin duda lo que quedaba de la escuadra décima era menor en cantidad que aquellos autómatas que estaban bajo control mental, pero luchaban tan ferozmente que no habían logrado derrotarlos. 

—Siempre estuvimos equivocados, X-XVIII. Únete a nosotros. Deja a los X y ayúdanos a hacer del país un lugar mejor. 

—¿Mejor para quiénes? ¿Para el Estado? ¿Para los que nos gobiernan? ¿No entienden que están siendo controlados?

—Nadie nos está controlando. Estas refacciones lo único que hacen es mejorar nuestras características físicas, nuestras memorias, nuestra capacidad de almacenamiento, las baterías que alimentan nuestros cuerpos. 

—¿Y por qué mataste a tu propia hermana entonces si no estás siendo controlado?

—La familia es un obstáculo si ésta se interpone en el propósito de establecimiento del Estado, que quiere lo mejor para todos y lucha incansablemente para otorgarnos una vida digna a nosotros, su pueblo. Mi hermana interfería en esa misión y cuando se dio cuenta de nuestro plan de acabar con ustedes y con todos los grupos de resistencia, tuve que acabar con ella. ¿Si me produce dolor? No lo sé, pero me hace sentir reconfortado saber que ayudé en una misión indispensable para nuestro gobierno.

—X-XI esperó incansablemente a que aparecieras. Nunca perdió las esperanzas de que volvieras. Se enfrentó a mí cuando no los iba a dejar entrar sólo porque su hermano había llegado por fin. ¿No tienes consideración de eso? ¿Queda algo de pena, en algún rincón de tu cabeza o de tu corazón, por lo que le hiciste a ella? 

Y cuando X-XVIII le dijo esto, se empezó a golpear la cabeza, como si estuviera fallando su implante. 

—¡NO! —dijo X-XV, y detuvo sus ataques por un momento— ¡Otra vez no puede estar pasando!

Mientras X-XV se lamentaba y se golpeaba la cabeza, X-XVIII aprovechó y le asestó un ataque que lo dejó en el piso. 

—¡NO! ¡No siento pena por lo que le hice a mi hermana! ¡No siento pena por lo que le hice a los que eran mis amigos! ¡No siento pena por lo que les pasó a las X5 y X6 ni a los que estaban detrás de las demás torres! ¡NO SIENTO PENA POR HABERLOS ASESINADO A TODOS!

Aquello supuso un baldado de agua fría para todos los que estaban en la bóveda. Si era verdad lo que decía X-XV, todas las demás escuadras habían desaparecido y con ellas, el Plan Maestro.  

—Y tú, X-XVIII, y todos ustedes, morirán si deciden no unirse a nosotros y al gobierno.

—¡No! ¡No nos vamos a unir al gobierno ni vamos a recibir sus refacciones! ¡Preferimos morir antes que apoyar todo aquello con lo que hemos luchado todos estos años!

Todos los integrantes que habían quedado de la escuadra décima de la rebelión, que se encontraban ya acorralada por los traidores, asumieron su posición de batalla y se prepararon para entregar la vida por defender sus ideales. Aunque sabían que estaban perdidos, no por eso iban a rendirse ante sus oponentes y mucho menos unirse a ellos, así que preferían una muerte digna que una vida de mentiras; una vida apoyando todo aquello por lo que lucharon tantos años. Todo aquello que asesinó a sus amigos y familiares. Todo aquello que había acabado con el país y con Medellín.

—Que esa sea su sentencia entonces. Y que esta sea tu sentencia, X-XVIII. Porque morirás como viviste: escondido del mundo, ahogado en tu propia miseria. Nadie conocerá tu nombre. Nadie conocerá tus luchas. Nadie conocerá todo lo que escribiste. Y cuando el país esté bajo el completo dominio del Estado, las pocas historias que se han forjado a tu alrededor quedarán completamente eliminadas y tu legado se perderá para siempre. 

Dicho esto, se escucharon las armas de los traidores cargándose, una detrás de la otra, prestas a lanzar sus municiones. Cuando X-XV cogió impulso para atacar, X-XVIII cerró los ojos, derrotado y decidido a esperar su muerte, y recordó toda su vida en ese instante: recordó a su madre, a su hermana, a sus mascotas, a su familia. Recordó a sus amigos. Recordó el amor tan grande que sentía por X-XIV. Recordó las palabras del hombre que lo entrenó y lo reclutó a la rebelión cuando era apenas un muchacho: “Nunca es un mal momento para morir si estás muriendo por hacer lo correcto”, y luego de eso, dejó escapar de su ser un grito de desesperación que había esperado salir desde hacía mucho tiempo. 

Pero la muerte esperada nunca llegó, y el arma de su antiguo compañero chocó contra otra mucho más grande, en forma de lápiz, que sostenía un hombre que nunca creyó volver a ver con el arma que él mismo le había fabricado. 

—¿Iban a pelear sin mí, señores? —Dijo X-XIV dirigiéndose a los demás en su habitual tono jocoso mientras miraba fijamente a X-XVIII, como si nada hubiera pasado y no hubiera estado al borde la muerte misma. Los traidores dejaron de apuntar sus armas cuando su líder cayó al piso luego del choque de su espada contra la de X-XIV. —¿Ibas a pelear sin mí, X-XVIII? Qué decepcionado estoy de todos ustedes 

—Claro que no, compañero. No me perdería una fiesta sin ti. No me perdería una batalla sin ti. No me perdería la vida sin ti. 

—Pues me reconforta saber eso, compañero. Acá me vas a tener para siempre. 

X-XVIII nunca había visto a X-XIV más hermoso como lo vió en ese instante, cuando le salvó la vida por segunda vez. Cuando se unió nuevamente a la escuadra para pelear al lado de sus amigos en pro de una campaña que sabían que ya habían perdido.



VII

El Duque miraba desde lo alto de la torre central a la ciudad que ahora estaba bajo su poder. Medellín ya había caído, como seguramente habían caído las demás ciudades del país. 

—Hay que reconocer que fue de mucha ayuda su información, señor. Quién diría que los X, tan rebeldes y tan reacios hacia nosotros, tienen un precio.

—Todos en esta vida tienen un precio, hijo. Todos en esta vida quieren algo que los favorezca y ellos no son la excepción, sólo que se niegan a aceptarlo. Está en los genes de cada habitante de este pueblo desde los inicios mismos de la conquista de América ya hace setecientos años, así que no será difícil comprar a los que sean necesarios cuando el momento lo requiera. Por esa misma razón el pueblo aceptó sin dilaciones una modificación en sus cuerpos, aun cuando no conocían sus efectos, sólo porque era gratuita y contenía la promesa de una mejora en la calidad de sus vidas.  Los compramos y ellos no se opusieron. 

El Duque de Rionegro, un hombre de contextura delgada, de baja estatura, anteojos y cabello blanco, contrastaba su vulnerable apariencia física con una voz ronca y con la misma actitud autoritaria con la que contaba desde antes de ser congelado y despertado por aquellos que añoraban su regreso. Su actitud mesiánica y el narcisismo que lo caracterizó en sus primeros años de poder, seguían intactos. Seguía, asimismo, creyendo que era el único que podía salvar a un país que de lo único que necesitaba ser salvado era de la inequidad y la desigualdad que él mismo había ayudado a perpetuar. El Duque había logrado refundar el Estado, como siempre lo deseó, cuando volvió al poder luego de que las Fuerzas Militares se pusieran de su lado para derrocar al presidente.

—Pero no nos podemos confiar. No todos los X son iguales a los compañeros que vinieron a nosotros. Muchos de ellos tienen un espíritu tan inquebrantable que es sumamente difícil llegar al precio justo con ellos. Por ese motivo, a esos debemos llegar precisamente en donde más les duele: en su moral. Debemos acabar con ellos desde adentro para que no puedan llegar a nosotros. Debemos infiltrarnos, acabar con sus unidades y acabar con su espíritu hasta asegurarnos de que no serán una piedra en el zapato para nuestras aspiraciones. Asegurarnos de que nadie desee nunca en su vida hacer parte de esa maldición llamada X. 

El Duque seguía sereno mirando desde lo alto de la torre central a la ciudad.  Su sueño, ese de apoderarse de todo cuanto había en el país, había sido cumplido. Pero no era suficiente. Nunca había sido suficiente. Quería más e iba a ir por más. 



VIII

—Yo, X-XVIII, líder del escuadrón X1 de la rebelión, por el poder que me otorga la Constitución de Entrerríos, sentencio a Duvio, conocido como X-XV bajo la ley de la Alma Mater, a  muerte por alta traición. Si tiene algo que decir, puede hacerlo. Si prefiere no hacerlo, se le otorgan cinco minutos para que se entregue a la reflexión antes de que su cabeza ruede y la sangre manche la tierra.     

X-XVIII y X-XIV fueron imparables, tan excelsos como sus compañeros quienes pelearon a su lado y nunca se dieron por vencido. X-X, quien contaba con una puntería prodigiosa, acabó sola con cuatro traidores con las cuatro balas que quedaban en su pistola. X-XII, tan pacífico como enfermero, fue tan sanguinario que nadie hubiera imaginado que como preciso con el bisturí con el que operaba a sus compañeros era letal con los cuchillos. X-XVI, hijo de un reconocido espadachín de la revolución, fue certero con cada golpe que asestó con su espada. La mujer y los cuatro hombres que quedaban de aquella rebelión pelearon con tanto ahínco que superaron a los enemigos que los superaban en cantidad. Su voluntad fue tan fuerte y y su espíritu fue tan valioso, que ganaron . 

X-XV, quien quedó herido junto con otros dos traidores, no tuvo más que rendirse y aceptar su derrota. Cuando se vio perdido, sacó una goma de cianuro para tomársela antes de que sus oponentes acabaran con él, pero descubrieron su intención y lo amarraron para que no lograra su cometido. 

—Sí, me ganaron. Nos ganaron. ¿Pero podrán ganarle al Estado? Nunca. Él está por encima de nosotros. Está por encima de todos, y lo que ustedes hayan hecho acá no es relevante para el desarrollo del gran plan que tiene para toda la nación. Ustedes no fueron una amenaza cuando sus escuadras seguían en pie y no lo son ahora que quedan tan pocos. Ustedes, cinco pobres insurgentes, no podrán contra el poder todo un gobierno y fracasarán como lo han hecho toda sus vidas.

Luego de haber dicho esto, hubo silencio. Un silencio incómodo. Un silencio desgarrador. Un silencio que dolió más que cualquier golpe físico porque era un golpe directo a su ya de por sí derribada moral.  X-XVI, el encargado de llevar a cabo la decisión de X-XVIII, decidió suspender aquel mutismo y sin vacilación les cortó la cabeza uno por uno a los traidores. Sus cabezas echaron chispas cuando se desprendieron del cuerpo y su sangre salpicó a todos los que estaban alrededor viendo la ejecución de sus enemigos, quienes no pronunciaron palabra alguna. 

Luego de un rato de que las cabezas cayeran al piso, el chip que les habían implantado seguía encendido; nunca dejó de funcionar ni siquiera con la muerte de sus huéspedes. Cuando X-XVI lo arrancó de la cabeza de X-XV se dio cuenta de que era un rastreador de clase A, así que los agentes del Ministerio de Defensa seguramente ya sabían su localización y no tardarían en llegar hasta allí. El Estado no sólo controlaba a todos los que hubiesen decidido poner la refacción en sus cuerpos, sino que sabía dónde se encontraban. Tenían, por lo tanto, el absoluto dominio sobre la mayoría de la población y no había quién les hiciera frente.

—No tenemos nada más que hacer aquí, muchachos. La sangre de los traidores está maldita, así que es hora de dejar este lugar. Tomen las partes de todo aquel que haya caído y salgamos de este lugar. Es hora de seguir con nuestro camino —. Dijo X-XVIII, mientras levantaba el cuerpo de X-XI, a quien prefirió dejar intacta. 

—¿Y ahora qué? ¿Qué hacemos ahora? Ya no tenemos un objetivo. Ya no tenemos un motivo para luchar. La rebelión ha sido repelida y sólo quedamos nosotros. Perdimos. —Les dijo X-XII a sus compañeros.

—Tal vez perdimos ahora, pero la rebelión no habrá muerto si uno de sus integrantes sigue en pie. La rebelión ahora somos nosotros y en nosotros está el deber de hacerla resurgir —. Respondió X-XIV por su parte— No sabemos cuánto nos tomará, pero nos iremos hasta el fin de los tiempos si eso es lo necesario para ver a los tiranos caer. Por lo pronto, la única labor que tenemos es volver a reclutar; buscar a todos aquellos inconformes que deseen cambiar su destino y el curso del país mismo. 

X-XVIII lo vio y sonrió por primera vez luego de esas largas noches que pasaron desde el fracaso en la torre. Por primera vez en mucho tiempo, estaba tranquilo, pues estaba con aquel compañero que tanto había deseado volver a ver.

—Yo me voy contigo hasta el fin del mundo si es necesario, X-XIV. Y a todos ustedes les digo lo mismo: quiero ir con todos ustedes a revivir a los X. Quiero que nos acompañen por cada rincón de este país y nos ayuden a reiniciar esta lucha. Pueden seguir su camino si así lo prefieren, pero si nos acompañan, les prometo el éxito en cada campaña que está por venir.

—Acepto —. Dijo X-XII sin vacilar.  

—Acepto —. Dijeron X-X y X-XVI al unísono.  

—Acepto —. Dijo por último X-XIV quien se acercó y lo abrazó tan fuerte que sus brazos rechinaron en el acto. 

Cuando salieron de la bóveda, una lluvia que no había caído en meses les cayó a los cinco amigos que se disponían a recorrer el país con el objetivo de reiniciar su revolución. X-XVIII enterró a X-XI en un jardín que había en un costado del templo, quien fue despedida con un improvisado acto de homenaje por parte de sus compañeros.

—Ya es hora. Nos espera una vida de persecuciones, de miedo, de dolor, de luchas. Pero nos espera también una vida de emoción, de aventuras, de esperanza, de valor. Nos espera una vida de gloria —. Les dijo X-XVIII, o Aarios, como realmente se llamaba aquel insurgente, a todos sus compañeros. 

—Y acá estaremos contigo, sin rendición —. Le respondió X-XIV, quien tomó su mano. 

—Creí que te había perdido para siempre. Que nunca te volveríamos a ver.

—Pues no te vas a deshacer tan fácil de mí, ya verás. 

—Gracias por salvarme la vida aquella noche. 

—No. Gracias a ti por salvar la mía.
  
—Pero si yo no hice nada. Yo sólo esperé sin descanso por tu despertar. Quien estuvo reparándote todo el tiempo fue X-XVII, así que es a él a quien debes agradecer. 

—Claro que estoy muy agradecido con él, y con todos ustedes. Pero tu voz fue la que me llamó. Tu voz me alentó y me dio fuerzas. Fuiste tú quien esperaba por mí detrás de esa puerta. Fuiste tú quien abrió mis ojos. Siempre fuiste tú.

—¿Cuál puerta? ¿De qué estás hablando?

—Es una larga historia que les contaré más adelante. Por ahora, debemos seguir. 

—Está bien, pero debes saber que te salvaré cuantas veces sea necesario. 

—Y yo te salvaré a ti.

—Ya salvaste mi vida desde el instante en que apareciste en ella para hacerla mejor. Gracias.
—Gracias a ti, Aarios, por regalarme la vida que tengo. Te amo, compañero.

Las sirenas de las camionetas del Ministerio de Defensa se escuchaban cada vez más cerca y se aproximaban desde unas calles más arriba del Templo. Los X cargaron al hombro sus mochilas, enfundaron sus sus armas y empezaron esa noche una vida de aventuras y persecución que llevarían hasta el día de su muerte.

—Y yo te amo, Omaet.