Oda a la hierba



Quien la critica, la estigmatiza y la sataniza, es porque no la conoce. No sabe de sus efectos. No conoce el viaje que permite adentrarse hasta lo más recóndito del cerebro para expandir su capacidad. No se ha dado cuenta de que la yerba no te agüeva, sino que realmente te despierta: te hace vivir. Y el mundo, ese que a diario gira sin ton ni son, se hace inteligible; nos permite tocar sus fibras y los hilos mismos que lo mueven. Nos permite sentir su rotación bajo los pies. Nos permite demostrarles a aquellos que creen que vivimos en un mundo plano que están equivocados.

¿Por qué entonces el estigma, compañeros? Por qué la critican si no la conocen más allá de los cuentos que sus políticos les narran. Por qué si no han sido capaces de liberarse de la idea que un puñado de dirigentes a lo largo de la historia les han sembrado con el fin único de justificar sus guerras. ¿Y entonces vienen a pontificarme a mí sobre lo que es bueno y lo que no, mientras se emborrachan creyendo que son mejores por eso? No.

Por eso, les pido que me dejen. Que me dejen discurrir y filosofar sobre los grandes problemas que nos aquejan, como el que acá trabado les expongo, en paz.  Que me dejen volar en tierra, ver al máximo los colores de la naturaleza y sentir los latidos de todos los seres que me rodean. Les pido que si van a criticar, la prueben primero, y se den cuenta, sobre todas las cosas, que la mata no mata, pero te hace ver el otro lado de la vida, ese que está cerrado a los sentidos y sólo se abre cuando estás bajo su poder. Ese que muchos temen porque, quieran o no, les permite ver la vida como realmente es.

¿O es eso a lo que tanto temen?