El Guardián de Alba


El reloj contaba las 3:43 de la madrugada de un jueves. El granizo no daba tregua; caía fuerte sobre el pueblo del valle y la tempestad no cesaba. El viento aullaba; se lamentaba. Los árboles se mecían de un lado a otro, imparables, y las casonas de madera crujían. El ruido festivo que se había vuelto costumbre cada noche se había apagado. Todo se había apagado. Un frío tan implacable no se había visto nunca en aquella pequeña villa. Sin embargo, a pesar de aquella tormenta, el sonido de una guitarra hacía eco en las empedradas calles de aquella localidad.

En la casa del Juez, el sonido era más intenso. Las cuerdas de aquella guitarra sonaban y sonaban sin cesar, sin que el vendaval y su tronada fueran capaces de apagarla. Cuando aquel hombre despertó, no obstante, no dio importancia a aquel sonido y volvió a dormir cuando el ruido cesó. Pero el ruido nunca paró. Una vez más, el hombre despertó a causa de la estridencia de aquella guitarra, mas, como la primera vez, su sonido se apagó cuando hubo de nuevo despertado.

La mañana había llegado, por fin. El sol había vuelto a irradiar su brillo y su calor, y del frío de la última noche sólo quedaron los comentarios de los pobladores que se congregaron a platicar y a interpretar aquella gélida noche. Que la cólera del de arriba, decían las señoras rezanderas al final de la misa. Que no, que la maldición del de abajo, decían los borrachos en medio de la cantina. Nadie se explicaba tal diluvio, pero, aunque todos tenían su versión, a nadie se le escuchó hablar del sonido disonante de aquella guitarra, muy a pesar del pobre juez Amancio, quien no había sido capaz de volver a conciliar el sueño en lo que había quedado de la noche.

El juez Amancio de Alba era un hombre rechoncho y diminuto, dedicado al Dios en el que todos creían y temeroso de las escrituras. Tenía una voz grave que no hacía juego con su apariencia y era tan inflexible en sus sentencias que tanto el vulgo como el señorío más importante le temían y le respetaban. No obstante, hubo sólo un hombre que fue capaz de hacerle oposición, sin temor y por amor, pero nadie nunca volvió a hablar de ello.

Una nueva noche había llegado, y con ella, el ruido tan característico que se formaba a lo largo y ancho de aquella villa festiva y carnavalera. El río, que partía el territorio a la mitad y lo recorría de norte a sur, estaba siempre iluminado y lleno de color. Las parejas bailaban al son del bandoneón y los niños gritaban y corrían en medio de la plaza. La luna brillaba y las estrellas la acompañaban, felices, sin viso alguno de nube que pudiera cubrirlas esa noche. Pero el hosco juez Amancio odiaba tal bullicio. Su hacienda, tan grande como cincuenta casonas de madera, o más, había sido construida para una familia que ya no tenía y que se había convertido en el refugio que evitaba el ruido del pueblo. Su morada yacía en la mitad de un bosque de laureles y guayacanes, que, si bien florecían y embellecían su hogar los últimos días del año, era de exigua importancia. Su mujer, muerta a los pocos días de haber dado a luz, y su hija, con la vida acabada en un manicomio, hacían que tan bello acontecimiento estuviera fuera de su interés.

Pero la noche es traicionera. Después de los rezos y las oraciones, y cuando el hombre se disponía a dormir, su tejado advirtió lo que ni él ni nadie en de la población estaba esperando: la lluvia. Y lo que comenzó como un dulce riego nocturno, en un instante se volvió una feroz tormenta. El reloj, una vez más, se posaba sobre las 3:43 de la madrugada, y la tempestad seguía. Como el día anterior, el aguacero había espantado cualquier vida que pudiese haber tenido el pueblo y los lamentos del viento habían vuelto a resonar. Pero, aun cuando pudo haber estado dichoso porque aquel bullicio inculto había callado, él no lo estaba; el juez estaba inquieto. El umbrío bosque que otrora lo hacía sentir protegido, esta vez lo desasosegaba y le generaba una perturbación que no había tenido nunca. Y cuando el frío arreció, el latente temor se había hecho presente: el eco del bosque le trajo el sonido de una guitarra desajustada que se hacía cada vez más agudo y le penetraba cada fibra de cada nervio de su cuerpo.

El hombre, entonces, no pudo dormir, ni esa ni las demás noches que le siguieron. Y, como esa noche y como la anterior a esa, tampoco dejó de llover al ángelus. Los habitantes, día a día, se preguntaban la razón a tal misterio. En las misas, los sacerdotes vaticinaban la condenación y los feligreses oraban con más fervor para que Dios los salvara de la perdición y no se olvidara de sus almas. Los borrachos dejaron de ser borrachos y las cantinas a las que visitaban con tanta frecuencia cerraron con el paso del tiempo porque nadie asistía a ellas. La festividad nocturna decayó y la amargura empezó a ocupar las noches que le pertenecían al carnaval. El frío maldito había logrado despojar a aquella boyante villa en un mar de aflicción y melancolía.

Una sopa de mandrágora le recetó el médico al juez Amancio, una infusión que le serviría para curar las alucinaciones y calmar las ansias. La sopa de mandrágora había sido famosa en el pueblo porque curó la locura de doña Macarena, de quien se decía veía al diablo mismo y que se alivió luego de cinco platos de sopa, dos baños de agua bendita y tres exorcismos. Pero alucinaciones era lo que no tenía Amancio de Alba, pues, aquellas noches y después de platos enteros de tan célebre receta, la guitarra no había dejado de sonar a lo largo y ancho de su hacienda.

Sin embargo, esta última vez, no fue el sonido de la guitarra lo único que escuchó: el canto de un hombre se dejó oír y la voz chirriante se fundió con el sonido de aquellas cuerdas desafinadas.

Tres platos más. Cuatro platos más. Tres platos más. El juez Amancio se tomó la dosis de dos semanas, en una sola sentada. Agotado por no poder dormir e iracundo de escuchar aquel sonido noche tras noche, decidió seguir el eco de aquel sonido y enfrentar lo que tuvo que haber enfrentado aquella primera noche de hacía unos meses atrás.

El bosque de perenne florecer, esa madrugada, empero, se había convertido en un lugar aterrador. El eterno invierno que cubría la villa cada noche había devastado aquel lugar sagrado. Pero, había notado el juez Amancio, que a medida que se adentraba en el bosque, y a medida que el horrible ruido se hacía más penetrante, los árboles iban perdiendo vida. Era como si se estuviera acercando a la muerte misma.

La mandrágora empezó a hacer efecto. El dolor le carcomía lentamente las entrañas, y el juez, en medio de aquel suplicio mortificador, se tambaleaba de un lado a otro mientras las luces se iban perdiendo de su vista. Gritaba y pedía auxilio en medio de aquella desierta espesura, pero nadie podía auxiliarlo; estaba solo en la mitad de la nada misma.

La muerte le rondaba. Sabía que cada paso que daba lo llevaba al fin de su existencia, y, sin embargo, seguía adelante. Aquella planta pudo haber estado adormeciendo sus sentidos y consumiendo su interior, pero él estaba tan dispuesto como no había podido estarlo jamás. El miedo, el más elemental de los sentimientos humanos, constituyó el motor para que los primeros hombres y las primeras mujeres evolucionaran. A Amancio de Alba el miedo le recordó a su hija, a su mujer y a su pasado, y le permitió, como a los primeros pobladores, seguir adelante.

Pero la oscuridad se hacía más densa. Asimismo, el sonido estridente de aquella guitarra que estuvo atormentando su vida anocheceres enteros, se escuchaba más y más cerca a medida que se adentraba en aquella profundidad. Las cuerdas sonaban cada vez más irritadas, pero no tenía de otra; aquel ruido lo guiaba. No obstante, cuando el sonido fue tan fuerte que ya no podía escuchar siquiera sus propios gritos, por un momento sintió una paz que no había sentido en mucho tiempo. Amancio supo que había llegado al origen de su pena. Al instante, el ruido desapareció y el bosque enteró calló. Cuando todo se hallaba en completa calma, no tuvo más fuerzas para continuar, y abatido del cansancio, se desmoronó. Aquel hombre, envuelto en sus mortajas, veía como se desplomaba contra la húmeda tierra, y Amancio, en un último parpadeo, observó a aquella silueta que miraba como caía rendido a sus pies.

El reloj contaba las 3:43 de la tarde de un jueves. El sol estaba radiante. Los árboles de guayacanes florecían y pintaban de amarillo cada rincón del pueblo. La fresca brisa recorría toda Villa Aurea y sus estandartes dorados ondeaban de un lado a otro. El ruido festivo empezaba a hacerse costumbre en aquella naciente población y la felicidad la recorría en cada uno de sus puntos cardinales. Se respiraba alegría, tanto en las noches como en los días que le seguían y tanto en las mujeres, los hombres y niños que allí tuvieron la fortuna de nacer. Una calidez tan entrañable era difícil que se apagara en este valle.

Al atardecer de aquel jueves, los dos muchachos tenían la cita que habían concertado con tanta anterioridad. Su encuentro se llevó a cabo en las riberas del lago que yacía en medio del bosque central del pueblo, y, mientras ella esperaba por el hombre que le había prometido su amor, las primeras estrellas de la noche salían a ser testigos de una magia que ni ellas podían entender. Cuando él por fin llegó, no dirigió palabra alguna a la muchacha; la besó, de una manera tan profunda, que sus almas casi llegaron a ser una sola. Una vez culminó su beso, aquel joven abrió la mano de la mujer, depositó en ella la última escama dorada de su familia y acto seguido le cerró el puño. Las palabras, una vez más, sobraron. Ambos se miraron a los ojos, se reflejaron el uno en el otro y sus corazones quedaron sellados eternamente.

Las notas de la guitarra empezaron a sonar. Aquella serenata, dedicada al vínculo que había acabado de nacer, fue acompañada con la dulcísima voz de aquella muchacha. Él tocaba, ella improvisaba. Pero, de un momento a otro, involuntariamente aquel guitarrero paró de tocar y la mujer dejó de cantar en cuanto escucharon el primer disparo. Cuando se dieron cuenta de que la maldad había llegado hasta donde se encontraban, los dos muchachos, temerosos, empezaron a correr por su vida. Sabían que el castigo habría de llegar en cualquier momento.

Pero todo entonces se volvió negro de nuevo.

Las sombras se dispersaron y Amancio volvió en sí. Tenía en frente al execrable ente mirándolo fijamente y esperando a que fuera capaz de volver a ponerse de pie. El dolor físico es penoso, pero no tanto como aquel dolor incorpóreo: el espiritual. Aquel que llega del alma misma y que no se cura ni con sopa de mandrágora ni con exorcismo alguno.

Él juez pedía clemencia. Necesitaba que se apiadara de él, pero su desdicha no iba a parar ahí. Era necesario seguir.

Los dos muchachos corrían a la vez que veían a las aves huir despavoridas por el estruendoso sonido de la pólvora. Los disparos se iban haciendo más y más fuertes y sabían que aquel verdugo estaba cada vez más cerca. Si la muerte no era lo que iba por ellos, sabían que su separación sí era inminente, y eso, para ellos, era peor que mil muertes o más. Pero la escama dorada cayó al fango mientras ambos corrían, y en ese instante, cuando la mujer regresó a recogerla, unos brazos musculosos la agarraron de una de sus extremidades y le impidieron seguir. Cuando volteó la cara para mirar el rostro del hombre que la estaba reteniendo, supo lo que le esperaba, y supo lo que a su amado le esperaba si fuera alcanzado también.

Aquel hombre enorme llevó la muchacha hasta donde se encontraba su padre, el regidor de aquel poblado y quien se encargaba de dictar la justicia, Amancio de Alba.

Pero no sólo a su hija quería atrapar aquel hombre. Necesitaba la recompensa mayor y aquello era el amante de la mujer: el guitarrero que se le había opuesto y que lo había puesto en ridículo ante el pueblo entero. Sin embargo, sabía que no estaba lejos de llegar a ese momento. Sabía que ese hombre, al que tanto odiaba, era, muy a su pesar, más honorable que él o cualquier otro hombre que hubiese conocido. Sabía que era incapaz de quebrantar el compromiso con su hija y sabía que él volvería por ella.

Todo se volvió a oscurecer otra vez. Amancio volvió en sí, ahogado, incapaz de seguir con aquella evocación de la que era víctima. Sin embargo, el hombre que lo tenía preso bajo este castigo no mostraba signos de piedad alguna con él. Amancio sabía que aquel hombre era el mismo a quien había condenado años atrás y por el cual su hija había enloquecido. Sabía que este guitarrero buscaba venganza, y venganza era lo que estaba obteniendo, así que iba a seguir. La tortura apenas estaba comenzando.

Hacía calor. El sol no daba tregua y hacía sudar a todo aquel congregante que se encontraba allí observando aquel acto de agravio. Aquella mujer estaba amarrada en la plataforma de madera que habían dispuesto para tal suceso, alicaída y avergonzada, sin saber cuáles eran los crímenes tan atroces que había cometido como para que el juez y gobernante, su propio padre, la estuviera tratando cual bruja en la inquisición. En los rostros de la gente no cabía el estupor por aquella humillación que presenciaban. Ni a los trece ladrones que habían acechado el pueblo los trataron con tanta ofensa una vez los atraparon, ni al bandido que lo saqueó y se enriqueció con sus arcas antes de que Amancio de Alba lo destituyera y tomara su lugar. Pero él sabía lo que estaba haciendo. Sabía que su hija era el señuelo perfecto para que aquel hombre, aquel guitarrero, fuera por ella y la salvara cual Perseo salvando a su Andrómeda de toda monstruosidad. Y en efecto, no se equivocó.

Aquel hombre corrió en medio de la multitud hasta llegar al estrado, sabiendo de antemano la trampa a la que estaba siendo encaminado. Pero no le importó, él sólo quería salvarla de aquella deshonra. Cuando llegó a donde su amada, esta lo miró con una cara entre amor y desconsuelo, pues, aunque el hombre que amaba había ido a rescatarla, a la vez sería condenado por ello.

Los recuerdos se volvieron a diluir y Amancio había recobrado sus sentidos una vez más. Estaba consciente de que no iba a ser capaz de aguantar otra memoria. Estaba consciente de lo que estaba a punto de reaparecer frente a sus ojos y no quería volver a vivir ese día, pero su verdugo ignoraba sus incesantes súplicas. Las últimas que saldrían de aquel hombre miserable.

Por ello, Amancio de Alba, resignado, se levantó finalmente después de haber pasado todo ese tiempo en la tierra. No increpó al ente que tenía en frente, y en lugar de ello, unió sus manos, cerró los ojos, y empezó a rezar. Sin embargo, no le rezó a su Dios ni a ningún otro dios. En su mente tenía a su hija, a su mujer, a sus padres. Recordó su niñez. Recordó su difícil vida con los monjes de San Pedro. Recordó sus amigos. Recordó cada cara que conocía del pueblo. Recordó a todos a quienes había amado y a quienes siempre odió. Los recordó a todos y se disculpó, en vano, del daño que siempre les había hecho.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba preparado para lo que seguía.

Una vez tuvieron a aquel hombre amarrado, las gentes empezaron a reaccionar. Una sublevación era inminente, y esas personas, que habían estado acostumbradas a juicios arbitrarios años atrás, no iban a permitir que esto volviera a suceder. Pero, Amancio de Alba era astuto, más que ellos y que cualquiera. Cuando vio a aquella turba enfurecida, les plantó la más vil mentira y apeló a sus más bajos instintos para que respaldaran tal afrenta. Sí, su hija nunca estuvo enamorada de aquel hombre, pero él, por intercesión del diablo mismo, la sedujo y la enamoró para quedarse con todas sus riquezas. Además, la violó de una forma atroz y despiadada en el bosque donde él los encontró y por ello debía pagar por la infamia que había cometido. En aquella Villa, donde las mujeres eran tan valiosas y tan veneradas, aquellas palabras fueron suficientes para secundar al gobernador.

El juicio continuó. El hombre tenías sus brazos extendidos de lado a lado y amarrado cada uno por los antebrazos. La multitud, aunque seguía atónita ante tal escena, no hacía nada más que mirar, engañada y crédula de estar haciendo lo correcto con ese pobre guitarrero. La muchacha, Juana de Alba, miraba pasmada lo que le hacían al joven que siempre había amado mientras lloraba y gritaba para que lo soltaran. Ella sabía que lo que había dicho su padre era mentira. Sabía que no había sido violada ni mucho menos, y que la intimidad que le regaló a su prometido había sido por amor y por voluntad propia, aunque su progenitor no lo supiera. 

Los cargos fueron leídos por el propio Amancio. El redoble de los tambores paró y la sentencia fue dictada. La muchacha no podía creer lo que había escuchado y la multitud se miraba inquieta ante lo que creían una barbaridad. Al estrado subieron dos hombres, con un afilado acero cada uno, y se situaron al lado del muchacho, quien sereno, se entregaba a su destino. Cuando el juez dio la orden, los hombres obedecieron, blandieron su espada y las manos cayeron al suelo. La multitud se ahogó en un solo grito, y la muchacha, quien no había parado de llorar, quedó atónita ante semejante indignidad.

Salvo por los gritos de dolor, el silencio reinó. Amancio de Alba había salido triunfante una vez más. No le importó el baño de sangre que se había formado y poca atención prestó a los gritos del hombre al que le había acabado de cortar las manos; lo único que hizo fue levantarlas y mostrarlas ante el público disgustado que tenía en frente. Acto seguido, desamarró las cuerdas que sostenían a su hija y esta, por mero instinto, le golpeó para después ir a socorrer a Ignacio, su amado, sabiendo que de todas maneras sería inútil. Cuando las gentes iban a empezar a reaccionar una vez más, Amancio dio la orden y diez Agentes de la Paz dispersaron la multitud. Los dos verdugos que habían ejecutado la sentencia separaron a Juana de aquel hombre y se la llevaron, mientras ella veía cómo moría desangrado segundo a segundo en aquella tarima. Él, por su lado, mientras veía cómo se la llevaban lejos de él, fue perdiendo la consciencia hasta que su vida se apagó por completo. Su cuerpo fue expuesto en la plaza tres días seguidos, de los cuales nunca dejó de llover, y al juez Amancio, cuya cualidad de sanguinario quedó patente, nunca nadie volvió a oponérsele como lo había hecho ese hombre en su vida.

Los recuerdos se dispersaron y Amancio, el actual Amancio, volvió a su sitio. El hombre que lo tenía preso y que no había dicho nada durante esos momentos, se levantó de su aposento y se despojó de las mortajas que lo vestían. Cuando Amancio vio a aquel hombre, retrocedió del terror que le produjo: aquello no era siquiera un hombre más que los restos que quedan de uno al morir. Era el cadáver andante de un ser penoso, que reflejaba la tristeza en lo poco que quedaba de su consumido rostro. Sin embargo, aquel hombre, si se trataba de un muerto que regresó a la vida, no podía ser el mismo que asesinó muchos años atrás: este tenía una cabellera dorada, tan larga que le llegaba hasta debajo de la cintura, más parecida a la cabellera de su hija que a la del hombre que la amó. Además, su estatura era mucho más prominente que la de Ignacio, quien sólo era un poco más alto que su hija Juana. Y, por último, el detalle que más lo inquietó, fueron sus manos; este ser que se posaba en frente las tenía intactas. En la mano izquierda, además, notó un brillo que sobresalía en la densidad de la noche. Una escama dorada, que, una última vez, hizo que se perdiera de la realidad para observar el pasado una vez más.

Amancio se encontró observando, en la tranquilidad de su jardín, nuevamente a los dos amados a los que tanto mortificó. Pero no estaban solos. Un joven abad atestiguaba aquel momento y daba la bendición a su unión. Pero la escena desapareció en sus ojos. Al instante, otra visión le mostraba el momento en que corrían por el bosque y el momento en que a su hija se le caía aquella escama dorada, lo que significó la derrota para ella y para él. De nuevo, el recuerdo se hizo cenizas. Pero, una última memoria volvía a mostrársele. En una enorme cama del convento al que había sido recluida su hija, un bebé yacía en un baño de sangre. Las monjas, por temor a que el juez se diera cuenta en algún momento, se lo arrebataron a su madre. Desesperada y adolorida la pobre Juana, sin haberle dado un primer abrazo a su hijo, corrió tras ellas, pero, débil, cayó cuando otra mujer la agarró de sus manchadas ropas. En medio del forcejeo, la cadenita que tenía Juana en el cuello se rompió y con ella la escama que tenía colgada.

Juana de Alba fue declarada loca, y su padre, aquel hombre que la sentenció a una vida de desdichas, nunca supo el porqué. Sólo le decían que su hija arrullaba y amamantaba a un bebé que no existía, pero no le dijeron que tal motivo se debía al hijo real que le quitaron en su nacimiento.

Pero ahora lo sabía. Lo había visto todo. No sólo acabó con la vida de su hija y con la vida del hombre que ella había amado; acabó con la fruta de su amor. El odio inconmensurable que había sentido por Juana era un despropósito, pero hasta ahora lo veía. Él siempre la culpó por la muerte de su mujer, a quien había amado más que a cualquier otro ser, pero aquello que había hecho era infame. Condenó a un niño a una oscuridad inimaginable, un niño que de igual forma nunca vivió y que se convirtió en un alma errante que llegaría a castigarle y a castigar el pueblo que, por omisión, lo dejó morir.

Pero La Mujer todo lo ve. Por eso envió a aquel niño en forma de guitarrero a mostrarle los pecados que había cometido.

En aquella villa seguía lloviendo y la tempestad no había cesado en días. Amancio seguía parado en frente de aquel ente exánime. Estaba fatigado. Estaba agobiado por todo lo que había visto. Había estado desesperado, abatido por el dolor físico, y, sobre todo, por el dolor emocional, que duele más. Un dolor que, asimismo, no había sentido desde la muerte de su amada esposa. Sin embargo, después de todo eso, una cosa no había hecho: llorar. Lloró a cántaros. Lloró lo que no había llorado esa noche. Lloró lo que no había llorado durante toda su vida. Aquellas imágenes lo llevaron a la catarsis y quería llorar para desahogar sus penas.

Pero eso no iba a pagar todo el daño que había hecho, y lo sabía perfectamente. Amancio intentó acercarse al hombre para que este se lo llevara y pudiera pagar sus penas en el más allá, como creía que pasaría. Pero no era eso lo que tenía que pasar. Antes de que se acercara, aquel ser hizo una negación con sus huesudos dedos, señaló al cielo y desapareció, no sin antes dejar en el suelo aquella medalla con la escama dorada que alguna vez le perteneció a su hija. Cuando Amancio la recogió, se la colgó en su cuello y siguió las órdenes de aquella Mujer, una voz que sólo pudo entender él, pero que lo condenó a un viaje eterno.

La tempestad cesó. La amargura a la que había sido condenado el pueblo desapareció, y con ella, el hombre al que todos temían y respetaban. Nunca más se volvió a ver al juez Amancio de Alba y su hacienda, un día símbolo de la opulencia y de la ambición, quedó abierta a sus anchas, en cuyas tierras misteriosamente fue fundado un orfanato y donde fueron a parar docenas de miles de niños durante las décadas que estuvo en funcionamiento.

Han pasado cientos de años desde aquello y la historia se les escucha todavía a algunos viejos. Cuando una mujer pierde en el parto a un hijo, le pide a este ser que guíe sus almas en el purgatorio hasta que puedan llegar al cielo. Cuando un niño se extravía de los brazos de sus padres, estos le piden a esta deidad que les ayude a que vuelvan con ellos, y cuando un niño está enfermo, una creencia popular es suplicarle para que se alivie y pueda volver a estar bien.

No se sabe de dónde y desde cuándo surgió esta costumbre, pero lo cierto es que, Amancio, el Guardián de Alba, dondequiera que esté, vigila las almas de los niños de aquella ciudad como no cuidó la de su propia estirpe, una estirpe que nunca fue.

Y para asegurarse de que nunca falle con su cometido, La Mujer estará siempre para guiarlo en su camino.