Perfume


Cada noche recorro las calles en busca de su presencia. Lo busco en bares y fiestas. Lo busco en camas ajenas. Lo busco en abrazos de extraños y besos desconocidos que por momentos hacen perder mi consciencia.

Pero se fue.

Él se fue y ahora la vida es un túnel oscuro; un pasaje de siluetas irreconocibles y de voces distantes que vienen y van. Es un lugar vacío. Un lugar de amargura andante. Un lugar sin visos de esperanza. Un lugar que está perdido porque ya no volverá.

Él se fue y ahora la vida es un túnel frío; un recorrido de cuerpos toscos que marchan en pena. Un lugar donde no está su voz ni su abrigo. Un lugar de afecto fútil de seres que sólo buscan un lapso de placer. Un lugar donde toda paz se ha ido porque ya ha perdido su compañía; ha perdido su calidez.

Pero, de vez en vez, lo vuelvo a ver. En la mitad de la oscuridad, lo siento. En la mitad del frío, me cubro de él. Advierto su perfume; su aroma lo revive. Rearma su recuerdo, rehace su esencia y lo tengo en frente otra vez. Lo abrazo. Lo vivo. Me envuelvo en su manto y lo vuelvo a querer.

Sin embargo, la ilusión se esfuma. Cuando su aroma se pierde, él muere otra vez. Se aleja. Se mezcla con la maleza de la oscuridad y se funde entre miles de sombras más. Me vuelve a dejar. Me abandona en medio del túnel del que no he podido salir y me condena a seguirlo buscando; a seguir un perfume que me insta a no morir. Un perfume que hace tanto mal.


Un perfume que permite revivir una vida que ya no volverá más.