Perdóname


Su madre había encontrado la carta un día después del velorio. La habitación seguía oscura, pero no iba a volver a ver la luz de todas maneras: la luz más grande que había en ella ya se había ido. Las lágrimas mojaron el papel en donde había dejado la nota y la tinta se corría como se corría el lápiz de sus ojos. El dolor era tan profundo que la estremecía y le hacía arder desde su alma hasta su corazón, y la impotencia era tan grande que lo único que podía hacer era lamentarse por algo que nunca hizo, pero que pudo evitar. Leonardo pudo vivir, pero todos lo dejaron morir.

«Perdóname, ma. No fue lo que yo quise para mí. No fue lo que yo elegí para mi vida pero es lo que me tocó ser. ¿Crees que es algo que hubiera elegido por mi cuenta? Claro que sí, pero sólo para decidir no serlo. Para no decepcionarte a ti y a papá y para que se sintieran orgullosos de todo lo que hago.
Pero fue lo que me tocó, sin quererlo, sin pedirlo. Y si ustedes no están conmigo nadie más lo estará, así que nada valdrá ya la pena. ¿Quién me ayudará a salir adelante? ¿Quién cargará conmigo todo el peso que llevo encima? No tendré a quién acudir cuando necesite ser escuchado. Mi pecado fue amar, pero no quiero que me odien por ello. Mi crimen fue ser diferente, pero no quiero que me condenen al olvido por algo que nunca pedí. Sólo pido que me comprendan. Sólo pido que me ayuden a estar en paz. Sólo te pido, ma, que no me dejes de amar como me amas desde el momento en que nací y que siempre digas que soy todo para ti, porque también son todo para mí. Perdónenme por no haber sido lo que querían que fuera, porque siempre quise ser lo que a ustedes los hiciera felices, aunque no pude. 
Perdónenme.  
Perdóname.»


Leonardo se había quitado la vida dos días después de haber escrito la carta y un día después de haber sido rechazado por su familia. Encontró en la muerte lo que en vida no pudo tener: paz, y, contrario a lo que todos dijeron en su velorio, fue lo suficientemente valiente para acabar con su sufrimiento. Dejarse llevar por la muerte no es cobardía, pues nadie supo el infierno en el que vivió Leonardo de cuenta de sus propios seres queridos. De su padre nunca se volvió a saber nada, y su madre, esa que lo rechazó e incluso maltrató el día en que se enteró de aquello que tanto lo atormentó, no volvió a encontrar la paz que sí su hijo al quitarse la vida. La tristeza la acompañó durante toda la vida y esa vida fue tan cruel con ella que le dio una existencia longeva. El día de su muerte, cuando ya estaba demasiado vieja para seguir aguantando, con su último respiro sólo pudo decir "Perdóname" a la memoria de un hijo que había llorado durante décadas y al que nunca pudo volver a decirle que él, a pesar de todo, había sido todo para ella.



Pero lo que no se dice en vida, se padece hasta la muerte.