Mercader de deseos



—Pida un deseo, muchacho, antes de que amarre el tercer nudo. Pídalo con mucha fuerza y así el deseo se le va a hacer realidad.

Le dijo entonces la vendedora de manillas, quien por unas cuantas monedas ofreció concederle un deseo, cualquiera que este fuera, para ella poder subsistir. Mientras él cerraba sus ojos y pensaba en todos los posibles deseos que necesitaba hacer realidad, ella trataba de ganarse la vida comerciando con los sueños de él y con los sueños de los hombres y mujeres que se cruzaban por su camino. Andaba de calle en calle, amarrando nudos, alimentando esperanzas y atrayendo a optimistas y pesimistas por igual por una simple moneda; pedía por su místico trabajo el sustento para hacer realidad sus propios deseos.

Y aun sin saber si todo eso fuera a servir; aun sin saber si sus palabras iban a ayudarle a conceder el deseo que necesitaba para no volverse loco, no tenía nada más para perder que el mismo desencanto por todo. La mujer le ofreció una esperanza que había creído perdida, y como la desilusión lo embargaba, era esa esperanza lo único que quedaba para seguir adelante.

Cuando al fin estuvo listo, ella estaba presta a realizar su magia. Recitó en voz baja algún tipo de conjuro, cerró sus ojos y cuando amarró el nudo de la manilla que había puesto en su muñeca, el deseo había sido sellado. Había quedado bajo su intercesión y bajo la salvaguardia de una mujer que por una moneda había prometido un anhelo convertido en realidad.

Una vez acabado el hechizo, ella siguió su curso mientras él continuó con el suyo. Y mientras él se quedó ahí, sentado, escribiendo sobre la vida, ella siguió su camino tratando de ganarse la suya propia; astuta, yendo de un lado a otro, vendiendo manillas, comerciando ilusiones y negociando deseos a aquellos incautos que, como él, preferirán sentarse a esperar por uno que no se cumplirá si antes no se levantan a realizarlo.