Gau de Medino
Gau había salido en la mañana y yo estaba en la cocina con la señora Sixtina. Era una mujer muy amable. Era una señora grande y corpulenta que aparentaba fuerza y hacía que le tuvieras respeto, pero era una mujer noble y agradable. Me había estado contando sobre Gau y sobre su niñez. Sus padres no estuvieron mucho con él y ella se encargó de criarlo, fue quien le enseñó a leer y a escribir y seguramente había sido gracias a ella que él había sido tan buena persona.
—El niño Gau es como el hijo que yo nunca pude tener, y así lo quiero. Su familia fue generosa con él y le dieron todos los gustos materiales que todo niño quisiera, pero eso no es suficiente. No puedes reemplazar el amor con lujos, y no puedes pretender que vas a comprar el amor de un hijo dándole muchos regalos.
—¿Por qué él no
volvió a vivir con usted?
—Porque su padre
me lo quitó. Cuando tenía quince años él solo llegó y se lo llevó. Me dijo que
yo era una mala influencia para él y que no podía volver a verlo. Eso me dolió
mucho, pero yo sabía que eso iba a pasar en algún momento. Ese día Gau se fue
gritando y llorando y no aguantaba verlo así, pero no podía hacer nada más.
—¿Y por qué no
luchó si lo quería? ¿No estarían mejor los dos?
—No, muchacho.
No es tan fácil. Su padre es un hombre poderoso y yo contra él no puedo hacer
nada. Si yo no tuviera la unión tan grande que tengo con Gau, tal vez yo no
estaría contándole esto. Pero mejor le contaré un poco de él. Le contaré sobre
el día que lo vi por primera vez.
Según lo que
entendía, si no fuera porque Gau la quería tanto no estaría contándome todo
eso. Pero cuando me contó sobre el nacimiento de Gau y sobre quién era su
familia, no me pareció tan extraño entonces.
—El comienzo de
un nuevo siglo no había sido mayor acontecimiento. Los pobres eran cada vez más
pobres y los señores eran cada vez más ricos. Así empieza la historia de la
familia De Medino, una familia muy poderosa de Santamaría, con Gerard de Medino
a la cabeza.
—Perdón, ¿quién?
¿Gerard de Medino? ¿El mismo Gerard de Medino político de Santamaría? —Pregunté
más que sorprendido. El Gau misterioso que hasta ahora estaba conociendo era
ahora Gau de Medino. Nunca lo hubiera imaginado, nunca en mi vida hubiera
llegado siquiera a sospechar que el muchacho con el que me había escapado era
quizá el más importante de todo el pueblo. Si no hubiera sido porque doña
Sixtina me lo estaba contando tal vez nunca lo habría llegado a saber, o por lo
menos no por parte de él.
—Así es, niño.
El padre de don Gerard, Alec de Medino, fue un político cercano al presidente e
incluso llegó a un cargo importante en la capital, y llego a las tierras de
Santafé a la edad de 22 años. Su posición y su clase lo empezaron a convertir
en uno de los hombres más poderosos y más respetados del Estado y de los
pueblos vecinos. Él no gobernaba directamente, pero tenía clara influencia en
las decisiones del gobernador, y mientras él construía su poder, su hijo
también fue creciendo. Cuando la muerte le llegó don Alec, el señor Gerard
estaba ahora a la cabeza de todos sus asuntos y como no podía estar solo, sabía
que necesitaba compañía. No la compañía de amigos o familiares, que ya la
tenía, sino la de una mujer.
—La mama de Gau
—Interrumpí.
—Exacto. El
hombre estaba profundamente enamorado de Bianca Milán, una hermosa muchacha
hija de un comerciante del pueblo y como no era difícil que se negaran ante una
petición suya, pidió su mano en matrimonio y se casó con ella. Don Gerard de
Medino y su mujer, ahora Bianca de Medino, eran los señores más poderosos de
todo el pueblo. En fiestas y francachelas eran siempre invitados y en grandes
reuniones eran siempre esperados. Todos querían compartir con ellos. Era reyes
sin trono y nunca nada se les había podido negar.
Dichosos años
pasaban, pero aún no habían dado al mundo a un heredero. Don Gerard estaba
preocupado, pues temía morir y que su linaje muriera con él. Visitó a cuanto
médico conocía, pero ni la medicina más efectiva parecía darles resultado. El
señor Gerard entró en cólera y su mujer pagó con años de maltrato el no poder
tener un hijo. Ella aprendió a temerle, indudablemente, y no podía creer en lo
que se había convertido su marido. Las incesantes torturas y castigos no podían
justificar la falta de un niño que ni siquiera había nacido y para compensar
todo este dolor asistía a los enfermos del hospital y donaba de sus arcas sus
propias riquezas, pues sentía que ayudando a los demás el sufrimiento no iba a
ser mayor. Uno de tantos días ayudando a los enfermos, llegó una mujer a punto
de dar a luz y como era debido, doña Bianca la ayudó. El niño nació sanamente y
la mujer, al ver que habían salvado su vida y la de su niño agradeció todo lo
que había hecho por ella, pero no solo eso. Por algún motivo sabía que estaba
impedida para tener hijos, y lo único que le dijo fue que lo tendría, pero
sufriría al tenerlo. Doña blanca había pasado todo el día desconcertada por el
desdichado presagio que la mujer le había dado, pero esa misma noche su marido
la buscó y ella entregó lo que este le pedía. Fue una extraña noche, pues
aquella pareja había tenido relaciones después de tantos años sin tocarse el
uno a otro.
Habían pasado
ocho meses ya y mientras la señora estaba en su casa cuidando el orden y
ayudando a la servidumbre, el niño se empezó a venir. Todas las mujeres en la
cocina la ayudamos, la llevamos a su habitación, mandaron a llamar el médico y
comenzó el trabajo de parto. Fue difícil. Habían pasado horas y no había sido
posible sacar el niño del vientre. Doña Bianca gritaba y se retorcía del dolor
y el señor Gerard solo esperaba abajo en su despacho. El médico estaba haciendo
todo lo posible para preservar la vida de la señora y del niño, pero después de
varias horas de lucha, el médico dio la triste noticia de que el niño había
nacido, pero muerto. Su cuerpecito yacía frío en los brazos de su madre
mientras ésta lo miraba desconsolada. No parecía justo que una criatura tan
inocente hubiese nacido sin la esperanza de conocer la vida y sin poder luchar
por ella. Cuando el señor Gerard dejó de sentir los gritos de su mujer subió
velozmente hacia a la habitación y tiró la puerta de un golpe, pero al ver lo
que pasaba, estalló en llanto; no podía creer que el niño que tanto había
anhelado hubiera nacido sin vida. Nunca lo habíamos visto así y nunca lo
volvimos a ver. El señor Gerard se veía tan frágil, tan humano. Tan mortal. Ya
no parecía el hombre poderoso que manejaba todo un pueblo sino solo un hombre,
ahogado en dolor porque el niño que tanto esperaba no había vivido. Cuando dejó
la habitación, me entregó al bebé y se fue. Yo no podía dejar de ver al niño,
como si tuviera la infinita esperanza de que despertara y que abriera sus
ojitos para poderlos ver. Cogí su manito, le di un beso y cuando se lo iba a
entregar a su madre, sentí un suave apretón en el dedo. Usted no se imagina lo
que yo sentí, pues el niño estaba despertando en mis brazos. “¡Está vivo!”,
grité emocionada. Le entregué el niño a su mamá y el niño empezó a llorar,
anunciándonos con sus alaridos que estaba más que vivo. La señora Bianca
lloraba de la felicidad, al igual que todas las que estábamos a su alrededor.
El señor Gerard escuchó los gritos del bebé, subió corriendo a la habitación y
cuando entró, estaba el niño en brazos de su madre. Esta vez no lo cargó, solo
hizo un gesto de aprobación y volvió a salir. El médico estaba impresionado, y
como todos, no podía creer lo que estaba viendo; hacía unos momentos había un
niño sin vida y ahora ese niño estaba ahí, vivo frente a todos nosotros. Y yo,
niño Cid, me había enamorado de ese niño desde que lo tuve en mis manos, no sé
si con el mismo amor de su madre, pero sí uno puro y maternal. Un amor que ni
yo misma he podido explicar.
Y así, el nuevo
siglo sí había dado un gran acontecimiento: Gau. El orgulloso Gerard de Medino y su mujer
habían dado por fin un varón a su descendencia. Ese nacimiento fue anunciado
por el pueblo y por los pueblos vecinos. Montones de religiosos llegaron y
bendijeron a esta familia; personas importantes los visitaron y todos
festejaron por días este milagro. Doña Bianca le dio al niño el nombre de su
abuelo, Gau, que, según ella, representa el valor, la gracia y la esperanza de
sus antepasados. Don Gerard ordenó construir el jardín más hermoso que alguna
vez se hubiese visto en el pueblo. Ordenó plantarlo con grandes árboles y
embellecerlo con las flores más vistosas, pero solo para después encerrarlo
allí, sin que pudiera salir y conocer el mundo.
Años después su
madre fue hallada muerta pero nunca se conocieron las causas de su deceso. O
mejor, don Gerard nunca quiso que se conocieran. El presagio de la mujer,
entonces, parecía haberse cumplido. Gau fue puesto bajo mi custodia y fui yo
quien lo crió; nuestra vida pasaba entre la mansión y esta cabaña, pero días
después de su cumpleaños fue cuando su padre se apareció y se lo llevó. Después
de eso él no volvió a saber más de mí, pero claro que yo sí de él, pues siempre
encontré la manera de estar al tanto—.
Yo estaba
gratamente impresionado y no sé si ella se lo imaginaba. No tenía idea de que
Gau era tan especial más allá de lo poco que había conocido de él. Además, estaba sorprendido de que yo había sido invitado a su fiesta y no supiera que
se trataba de él, como si no fuera en ese lugar donde nos teníamos que conocer
sino en el más inesperado de todos. De todas maneras, mucho de lo que me había
contado me había dejado con más dudas que respuestas, pero ese no era el
momento de resolverlas. Solo me limité a decirle lo complacido que estaba con
toda la historia que había acabado de escuchar.
—No sabe lo
fascinado que estoy. E impresionado, sobre todo. Realmente nunca hubiera
imaginado quién es realmente si usted no me lo cuenta. Pero es maravilloso
conocer otra parte de él.
—Pues ya ve.
Nunca sabes cuándo vas a conocer a alguien que parta tu vida en dos y nunca vas
a olvidar ese momento.
Y mientras ella
seguía cortando unos vegetales escuchamos un ruido afuera de la cabaña. La
señora Sixtina lavó el cuchillo con el delantal, lo dejó en la mesa y salió a
ver qué estaba pasando. En ese momento me puse a pensar en Gau y en la vida que
le había tocado llevar y me di cuenta de que no era tan diferente a la vida que
me había tocado llevar a mí, con la diferencia de que él había encontrado el
amor en esa mujer mientras yo no había tenido a nadie. Me puse a pensar en mis
padres y si en tal vez estaban preocupados por mí, pero luego espabilé y volví
a la realidad. ¿Qué pasaba que la señora Sixtina demoraba tanto? Pensé. Me
levanté entonces de la mesa y salí a buscarla, pero no la veía por ningún lado.
Tal vez había ido al granero así que fui a buscarla allí, pero no la encontré.
Me estaba preocupando, pues Gau no estaba y la señora Sixtina había acabado de
desaparecer. Fui entonces al establo a buscarla y me pareció extraño porque la
puerta estaba entre abierta, así que entré. El establo estaba lleno de heno
regado por todas partes, pero me extrañé al notar un montículo acumulado en un
solo punto, así que sabía qué era. Corrí entonces, quité todo ese heno que
había y como lo sospechaba la señora Sixtina estaba ahí tirada, y para mayor
angustia, estaba sangrando. Estaba inconsciente y cuando cogí su brazo al
tratar de levantarla, me horroricé: En su muñeca tenía la misma marca que le
había visto a Máximo y al pequeño hijo de la vendedora de comidas. Era esa
misma equis que había visto días atrás con la diferencia de que ahí la había
visto recién hecha, a carne viva. Ésta era más grande y no parecía una
quemadura; ésta era una cortada perfectamente realizada. Le grité tratándola de
despertar y mientras me invadía el desespero intenté levantarla para llevarla
adentro de la cabaña. No era fácil, era una mujer robusta y pesada y necesitaba
movilizarla de alguna manera. Cuando volvió en sí puse su brazo sobre mis
hombros para que caminara más fácil, la llevé a su habitación, puse una venda
en su muñeca y la acosté. Salí de la cabaña para cerrar la entrada principal.
Cerré puertas y ventanas de toda la cabaña y luego volví con ella la
habitación. La paranoia me invadía, pero necesitaba asegurarme de que no
volviera a suceder algo como lo que había acabado de pasar. La señora Sixtina
no había despertado, pero claro que esperaba a que lo hiciera; tenía que
contarme qué le había pasado allá afuera. Yo tenía que saber quién le había
hecho eso y por qué. ¿Estaría relacionado lo que acababa de pasar con lo de
Máximo y lo de ese niño? Parecían muy lejanos entre ellos, pero dados los
eventos recientes podía ser posible. No podía ser una casualidad que tres
personas tuvieran una misma marca y no estuvieran conectadas entre sí, pero eso
lo tenía que averiguar. Tenía que descubrirlo y sabía que no había mucho tiempo
para que pasara algo peor.
