La Llorona



María de Palafox, o La María, era la mujer más rica que habitaba en toda la provincia. Todos la amaban. Todos le temían. Todos necesitaban de ella porque era la que más tenía. No amaba a nadie más que a sus hijos y a su propia fortuna. Renegó de Dios y un dios ella se creyó. Un dios opulento, humillante y miserable, pero dios de todo un pueblo, al fin y al cabo. Acabó con todo aquel que quisiera oponérsele y se adueñó de todo. Todo le pertenecía. Todo, incluso las personas. Todo le pertenecía y creía que todo lo iba a tener por siempre.

Todo hasta aquel día que Destino tocó su puerta.

Una mujer, la más humilde y necesitada de todas, tuvo la mala fortuna de pedir auxilio, para ella y su pequeño niño, pero de todos los hogares que había por visitar, la desdichada visitó el más tirano de todos. María de Palafox, La María, en su infinita grandeza, no le otorgó más que su oprobio. A la pobre mujer maltrató y con desdén, la echó como un animal rastrero. Aquella, pobre y acabada, no tuvo más remedio que irse de aquel lugar antes de que fuera peor tratada. Su pequeño hijo lloraba penosamente, seguramente por el frío y el hambre que padecía, pero no había más que hacer. La mujer, con su hijo y con lo poco que tenía, dio media vuelta y se fue, pero no sin antes decirle:

«Que nunca te vayas a ver necesitada y tengas que buscar por mi perdón. Que nunca implores como yo aquí te he implorado, porque muy tarde será. Que tus hijos nunca sufran lo que mi pequeño sufrió y que sea Dios quien decida por tu vida»

La María se burló; echó a la mujer y a su hijo en medio de la tempestad, y la mujer, agobiada, abandonó el lugar y se perdió en la inmensidad de la noche. La María, quien no conocía el remordimiento, nunca volvió a recordar tal acontecimiento.

¿Qué sería? ¿Qué habría pasado con aquella mujer? Años habían pasado ya y todo había seguido su normal curso. Ni una vez La María se preguntó por la suerte de aquella madre a quien echó aquella noche. Nunca se acusó de tan atroz crimen cometido. Nunca se mortificó.

Tranquila se hallaba una noche la fina mujer contando el oro que tenía; ese era su pasatiempo. Era una noche fresca de luna llena. La brisa mecía suavemente los árboles y la reconfortaba. Pero, aquella brisa que tanto la tranquilizaba, había traído con ella un sonido que paralizó a la mujer: El llanto del pequeño niño que una noche le había pedido auxilio y el grito de dolor que emitió aquella noche. Frío de ultratumba le recorrió el cuerpo; le había empezado a carcomer la consciencia.

Preocupada y horrorizada corrió a ver a sus hijos. Asustada subió hasta la majestuosa habitación y para su desgracia, sus niños yacían en sus camas, enfermos, ardientes de fiebre. 

Aquellos niños, desdeñosos hijos de La María, cayeron presos de una extraña enfermedad. Aquella mujer, desesperada, contrató a médicos de todas las latitudes y gastó todos los recursos necesarios para salvar a sus hijos. Pero de nadie obtuvo solución y de todos recibía la misma respuesta:

«Disculpe señora, pero no hay nada que se pueda hacer»

Aquella enfermedad no tenía cura. La mujer, desesperada, cayó en una profunda depresión y se entregó al llanto. Sus hijos sufrían y morían lentamente mientras su madre no podía hacer nada. Ni con todas las riquezas que poseía podía curarlos.

Rezó, se entregó al Dios del que siempre renegó y pidió por sus criaturas, pero Dios, como había hecho la mujer, se negó y no la escuchó. La abatida repartió su fortuna y convirtió su mansión en un hogar para los más necesitados. Al cura del pueblo reservó sus pecados y éste la perdonó y recibió sus ofrendas, pero no pudo absolverla del mayor pecado de todos: El sufrimiento que le causó a aquel niño.

—El perdón de aquel pecado, hija mía, está reservado para esa madre que rechazaste años atrás. Las ofrendas que has regalado han sido grandes gestos y el perdón que yo te he dado ha sido inmenso, mas no lo suficiente para tan grande falta. Debes buscar a aquella mujer en las mismas condiciones que ella llegó a tu hogar; carga con tus hijos y padece lo que le hiciste padecer.

La María, junto a sus pequeños y ahora sin hogar ni fortuna, emprendió la búsqueda de la mujer para pedir su perdón. Ella, tan hermosa y tan grande que había sido, se había convertido en una vieja pobre y desaliñada. Había vagado con sus hijos, pero estos enfermos iban muriendo uno por uno. El dolor la embargaba. Sufrió, y lloró por años. Años que pasaron sin encontrar a esa mujer a la que aquella noche hizo tanto daño.

Años, que como le dijo aquella mujer esa noche, trajeron la desgracia que le había profetizado.

Atravesó bosques, ríos y montañas. Fue de casa en casa y de pueblo en pueblo buscando el rostro que ya no podía olvidar, pero nunca la halló. Décadas caminó la mujer. Décadas pagando el castigo que le había sido impuesto.

Décadas que bastaron para entrar a la ciudad más lejana a la que nadie había llegado.

Ahí, en esa ciudad, el aire estaba cargado de pesadumbre y desolación. La mujer, ahora una vieja demacrada de melena abundante y cabellos plateados, había llegado a presenciar el entierro de unos niños. Las madres lloraban sus pequeños cuerpos sin vida. La tristeza y el dolor reinaban en aquel oscuro lugar.

Una mujer vieja asistía la ceremonia. En su notable sabiduría notó la presencia de La María e hizo llamarla arriba del altar.

—Aquí, mujer, como puedes ver, yacen los restos de dos pequeños que han muerto por la culpa de otros. El egoísmo los mató; se los llevó. Así como tu egoísmo se llevó a tus hijos y se llevó al mío—

Inspiró, y prosiguió.

—Mírame. Yo soy aquella mujer que humillaste y ultrajaste. Aquella que vio morir a su hijo. Aquella que debió entregarse a Dios para encontrar la paz y la calma. Yo soy aquella pobre dama que una fría noche pidió posada en tu hogar. La misma noche en la que fuiste miserable y ruin, en la que te pedí auxilio y solo tu repudio me gané. Pero tú, que ahora te encuentras en peor situación, vienes a buscar mi perdón. —

La María, claramente envejecida y adolorida, se arrodilló y le pidió por el perdón.

—Ahora, levántate y mírame bien—

La María, al alzar su mirada y al verla de nuevo, se había quedado sin palabras. La vieja mujer que asistía la ceremonia ya no estaba y en su lugar, se posaba un rostro hermoso, lleno de gracia y de vida. En su misericordia, en su bondad y en su magnificencia ella había visto toda pureza cuanta existe en la humanidad. Bendita entre todas las mujeres, aquella mujer era María Auxiliadora y el pequeño que estaba a su lado no era sino el mismo hijo de Dios. Aquella luz sobrepasaba todo lo que la mente pueda llegar a imaginarse y su mera esencia era suficiente para que todo dolor y toda pena se desvaneciera. Era la luz eterna.

La mujer lloraba, se regocijaba y se deleitaba ante tal imagen y bajo el manto de luz en el que se encontraba, escuchó la voz que nunca un mortal volverá a escuchar.

—Arrepentida estás y te concedo el perdón. Tus llantos ya han expiado las almas de tus hijos y ahora ellos descansan en paz. Pero tu deuda no ha sido pagada. Rechazaste al hijo de Dios, y aun cuando no lo sabías, no eres quién para rechazar a las criaturas Suyas. No eres quién para igualarte a Él. Por eso, te condeno. Te condeno a llorar por las almas de los hijos muertos y a expiar sus culpas con tus lágrimas. Buscarás las almas de aquellos que vagan sin rumbo y guiarás esas almas hasta el descanso eterno. Llorarás esos hijos como propios y cada hijo muerto será un dolor que deberás afrontar. Esta es la condena que te mereces. —

Así, aquella noche había sido condenada por la misma madre del hijo de Dios la otrora grande y hermosa mujer que algún día lo poseía todo, pero nada comparado con la grandeza de la existencia. Una existencia que además no es de nadie pero que, aún en estos tiempos, muchos reclaman como propia. La María, con su dolor, demostró que las riquezas no devuelven a los seres queridos y que de la soberbia no queda nada. Tan miserable fue en vida, que miserable fue su más allá.

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Si en las noches llegáis a escuchar los sollozos de alguna mujer, recuerda que aquella es el alma de una mujer que llora por los hijos difuntos. Que con sus lágrimas expía las culpas; que busca las almas perdidas de aquellos que no han podido encontrar la paz. Si en las noches llegáis a escuchar sus sollozos, rogad por su alma solitaria, por la María auxiliadora de las almas de los hijos caídos. Rogad por La Llorona.