La noche de las Máscaras
Habían pasado seis meses desde la noche en la que me despedí de Gau, pero no había pasado un día en que no dejara de pensar en él. Todo ese tiempo había añorado su presencia, pero ese día más que todos los demás: era mi cumpleaños. La noche de las máscaras suponía ser la más importante de todas, pero no fue así; me había encontrado solo, sentado mirando hacia el cielo y contando las innumerables estrellas que se posaban encima mío. Adentro de la casa estaban todos reunidos; me habían preparado una gran fiesta, pero yo no estaba muy a gusto con ella, porque realmente no me importaba; no me sentía bien y tampoco tenía nada que celebrar. El jardín en el que había escapado de la realidad toda mi vida una vez más me estaba acogiendo, y mientras todos celebraban por mí, yo ni siquiera podía estar feliz.
Todo ese día se había prestado perfectamente para ponerme a pensar en lo que había sido mi vida antes, durante y después de aquella noche de agosto en la que conocí a Gau, y si antes de conocerlo tenía una vida sin gracia, después de conocerlo y no tenerlo conmigo era aún más miserable y desdichada. No sabía nada de él, y era lo que me torturaba. No había llegado ni una sola carta, ni una nota, ni un recado, ni un mensaje con alguien, ni una señal de vida y nada que se le pareciera. Nada. Y yo seguía cada viernes esperando a que el cartero llegara con algo para mí, cada vez con más desilusión, por no recibir lo que él me había prometido.
La fiesta adentro era cada vez más
ruidosa. Gera y Máximo se habían encargado de prepararla mientras yo había
estado en el sótano todo el día buscando algo referente a la tal Sociedad
Hispánica de Notables, pero sin éxito alguno, claro. Desde que me fui de la
casa de la señora Sixtina y desde que supe la historia de Gau, no había parado
de investigar sobre las marcas en las muñecas de todas esas personas, sobre qué
relación tenían con la Sociedad esa y por supuesto, con Gau. Necesitaba aclarar
muchas dudas, que él me respondiera muchas preguntas y que me dijera realmente
por qué me dejó esa noche de hacía seis meses tan abruptamente. Pero, sobre
todo, sobre todas esas cosas, lo que más quería era volverlo a ver.
Mientras seguía meditando y pensando en
todo, escuché unos pasos. Sentí que alguien caminaba, se iba acercando
sigilosamente y cuando volteé la mirada hacia la casa, una máscara enorme me
asustó. Empujé al chistoso que le había dado por asustarme y cuando cayó al
piso y rio, me di cuenta de que no era un gracioso sino una graciosa, y quién
más que Gera. Seguía en el piso riéndose a carcajadas mientras yo tenía el
corazón acelerado y la miraba furioso por la broma que me había acabado de
hacer.
—Cariño, tranquilízate. Primero, ayúdame
a levantar. —La ayudé a levantarse del piso y cuando se levantó, se sentó a mi
lado— Segundo, solo quise venir a ver qué estabas haciendo. Todos adentro no
hacen sino preguntarme por ti, que por qué no estás en tu propia fiesta, que
por qué no has salido a saludar siquiera.
—Estoy bien, Ger, no te preocupes. Ya
voy para allá. Por cierto, ¿por qué no llevas vestido?
—¿Y es que en serio creías que me
pondría ese vestido? Claro que no. Primero dejo a Máximo antes que ponerme una
cosa de esas, y es mucho decir. Mejor dime, ¿no te gustó la fiesta? ¿Ya no te
gustan las máscaras? Max y yo hicimos todo lo que pudimos para hacértela y te
mato donde no te haya gustado.
—Claro que sí me gustó, te quedó
maravillosa. Ya te dije, no es nada, estaba venteándome un poco.
—¿Qué tienes? ¿Tiene algo que ver con…
—Con nadie tiene que ver. Solo tenía un
poco de calor, pero ya voy para allá.
—Ajá, claro… Está bien, señor raro. Te
espero adentro entonces. No me hagas volver a salir por ti porque la próxima te
llevo arrastrado hacia adentro. Y recuerda que te quiero mucho, cariño.
—Y yo te quiero mucho más, Ger.
Cuando terminamos de hablar, Gera me dio
un beso en la frente y volvió a entrar a la casa. Le había dicho que iba a
entrar también, pero seguía sin convencerme la idea. Se me había ocurrido la
disparatada idea de irme de ahí para no tener que aguantármelos más, pero me
sentía mal por dejar a Gera tirada después de todo lo que había hecho por mí.
Además, para salir de la casa tenía que pasar por el salón donde estaban todos
y menos que iba a lograr escapar. Después de un largo rato de pensar la idea y
de decidir que iba a salir, volví a escuchar unos pasos que se acercaban y
cuando volteé, vi otra vez otra máscara. No era la misma que había visto hacía
un rato, pero como llevaba pantalón supuse que había sido Gera buscándome otra
vez.
—Ger, ya iba para allá, no te preocupes.
Entonces pasé por su lado y empecé a
subir las escaleras para entrar a la casa.
—¿Ger? La última vez me llamaste de otra
manera. Creo que me habías dicho idiota.
Y cuando escuché esa voz, me paralicé.
Mis piernas empezaron a temblar, el corazón se me volvió a acelerar como no lo
había hecho hacía mucho y mis ojos se humedecieron. Esa maldita voz, esa que
siempre me había hecho derretir, estaba en mis oídos de nuevo. No pude mirarlo
a los ojos, y aunque estaba más que encantado de tenerlo ahí y con ganas de
voltear para darle todos los besos que me había guardado, estaba más que
enojado.
—Qué estás haciendo tú aquí, Gau.
—Yo también te quiero mucho, Cid.
También me moría por verte.
—No seas idiota. Maldita sea, no seas
idiota.
—¿Te molesta que esté acá? Yo solo quise
venir a darte un feliz cumpleaños.
Me volteé entonces, aún con lágrimas en
los ojos y empecé a bajar las escaleras, indignado. Cuando llegué hasta donde
estaba, le quité la máscara y cuando lo vi me enamoré tanto como la primera vez
cuando bailé con él. También tenía lágrimas en sus ojos, pero ahí seguía, el
mismo muchacho de cabello claro y ojos negros al frente mío. Y en vez de
lanzarme hacia él a darle un beso, tiré la máscara al suelo y lo cogí del
cuello de la camisa.
—Claro que me molesta. Me molesta no
haber sabido de ti en seis eternos meses. Me molesta esperar una carta cada
ocho días y que la carta nunca llegue. Me molesta no saber por qué te fuiste de
esa manera de la casa de la señora Sixtina y que después hayan llegado buscando
por ti.
—Estoy muy contento de verte también,
Cid. Sigues igual de cariñoso conmigo.
—No más, Gau. No más chistes. Estoy
hablando en serio. ¿Por qué todo es un maldito juego para ti? Claro que me molesta, Gau de Medino. Claro
que me molesta.
—Ah, ya lo sabes.
—Por supuesto que lo sé, todo me lo
contó la señora Sixtina. ¿Por qué no me dijiste tú quién eras realmente? ¿Por
qué no me dijiste que eras el hijo del hombre más importante de esta ciudad?
Todo contigo es un misterio, y todo lo ha sido desde el día en que te conocí.
—¿Aún me quieres?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Solo dímelo. ¿Aún me quieres?
Y entonces lo solté, llevé mis manos a
su cara y lo besé. Lo besé como lo había esperado hacer hacía tiempo, y cuando
lo solté, lo abracé tan fuerte como pude.
—Maldita sea, claro que te quiero. Como
no he querido a nadie en la vida, Gau. No sabes lo difíciles que han sido los
días sin ti y lo mucho que esperé tenerte conmigo.
—Yo también te quiero muchísimo, Cid.
Perdóname por no escribirte, por no darte razón de mí, por haberte hecho
esperar todo este tiempo. Hay muchas cosas que debo contarte y muchas cosas que
quiero que sepas. —Cuando dijo eso sacó un reloj del bolsillo— Aún hay tiempo.
—¿Tiempo de qué?
—Ven, sentémonos.
Nos fuimos entonces a sentar debajo de
un árbol que había al final del jardín, donde no se escuchaba tanto ruido de la
fiesta. Nos sentamos como habíamos estado la vez que acampamos juntos, yo con
las piernas abiertas y él delante de mí. Lo abracé, me recosté en su hombro y
me empezó a contar.
—¿Sabes por qué te pregunté si me
querías? Porque solo así estaré seguro de que me entenderás. Yo me fui de la
casa de la señora Sixtina porque la atacaron por mi culpa; no quería que le
volviera a pasar y menos que te hicieran algo a ti.
—¿Cómo que por tu culpa?
—Por mi padre, realmente. Yo escapé de
él porque no quería hacer parte de algo que él está llevando a cabo, entonces
decidió buscarme hasta que por fin me encontró.
—¿O sea que fue él quien le hizo eso a
la señora Sixtina? ¿Y todo porque te escapaste?
—No es tan sencillo, pero algo así. Él y
yo hicimos un pacto: yo no volvía con ella y él la dejaba en paz, pero entonces
el pacto se rompió y decidió atacarla.
—¿Y qué le ha hecho ella a tu padre?
Gau, no me cuentes todo por partes, que no estoy entendiendo.
—Ella, nada. Pero sí la gente como ella.
La gente como tu amigo Máximo.
—¿Máximo? ¿Qué tiene que ver Máximo en
todo esto?
Y entonces caí en cuenta: la marca de la
muñeca.
—¿Has escuchado el cuento de las dos
tribus antiguas?
—Pues… Sí, claro. Pero, Gau, perdóname.
No estás ayudándome mucho, y en vez de resolverme todas las dudas que tengo me
estás generando muchas más. ¿Qué tiene que ver Máximo y la señora Sixtina? ¿Y
qué tiene que ver ese cuento con todo esto y con que te hayas ido de esa
manera?
—Sí, sí tiene que ver con la marca, pero
una cosa a la vez. El cuento de las dos tribus habla de la paz en la que éstas
vivían hasta que por algún motivo se empezaron a aniquilar. Tenían prohibido…
—Sí, sí, tenían prohibido mezclarse
entre ellas porque una de ellas aborrecía lo que llamaban la “anomalía de la
sangre”, y la otra decía que la mezcla los hacía inferiores. ¿Pero y qué tiene
que ver? Sigo sin entender.
—Los seres nacidos de estas uniones
fueron llamados metahum…
Y mientras seguíamos hablando, escuché
que alguien se acercaba.
—¡Cid! ¿Estás por ahí?
—Bien, es solo Gera —Dije— le diré que
estamos acá sentados. Le dará gusto verte.
Pero cuando la iba a llamar, Gau me tapó
la boca con su mano.
—¡No! No la llames, no le puedes decir
que estoy aquí.
—¿Qué te sucede? ¿Por qué no? ¿Qué tiene
de malo?
—Solo no la llames, no se puede enterar
de que estoy aquí. Nadie se puede enterar. Por favor.
Entonces se puso paranoico, como si se
estuviera escondiendo de alguien. Yo me paré a hablar con Gera y a decirle que
estaba bien, para poder seguir hablando tranquilamente con Gau.
—Hola, Ger. Ya iba para allá.
—¿Con quién estás? Me pareció escucharte
hablar con alguien.
—No, con nadie. Estaba cantando, es
todo. Ya me iba a entrar a la fiesta.
—¿En serio, Cid? Te noto un poco
extraño. Vi que alguien salió para el jardín y me imaginé que estaba acá
contigo, aunque no supe quién era. ¿Realmente estás solo? —Entonces empezó a
caminar rápidamente para el árbol donde estaba con Gau y cuando llegó no había
nadie. —Hmm… Está bien. Haré de cuenta que estás solo, aunque sé que hay
alguien más aquí… Y si es que estabas haciendo alguna de tus intimidades,
arriba tienes tu cama, hombre, no seas desesperado.
—¡GERA! Qué te sucede…
—Es broma, cariño. Solo te pido por
favor que no te demores más, tus padres me mandaron porque ya están preocupados
y no quiero venir una tercera vez por ti, ¿sí?
—Está bien, Ger, ya voy para allá. No me
demoro.
—No te demores, cariño. Y me saludas al
visitante fantasma.
Cuando vi que entró de nuevo a la casa
volví al árbol donde estaba con Gau, entonces él bajó del árbol. No entendía
por qué se había escondido de ella.
—¿Qué tienes, Gau? ¿Por qué no te
dejaste ver?
—Cid, porque nadie sabe que estoy aquí.
De hecho, nadie sabe dónde estoy. Y sé que tus padres son muy amigos del mío y
donde se lleguen a enterar que estuve acá y más contigo, le cuentan al mío y no
sé qué pueda suceder. No quiero que él sepa que tú y yo estamos juntos y no
quiero exponerte a algún riesgo con él, así que era mejor que ella no me viera.
—Pero Gera es de mi entera confianza, sé
que ella no lo hubiera hecho.
—Lo sé, pero créeme que he aprendido a
desconfiar incluso de mí mismo.
—¿Desconfías de mí?
—No, confío más en ti que en mí.
—Eres un idiota. ¿Lo sabías?
—Sí, tu idiota… Pero ya estando acá
solos… Lo que dijo tu amiga no es tan mala idea… ¿En tu cama o en tu jardín?
—¡HEY! No me tientes, Gau… No me
tientes. Mejor termíname de contar lo que me estabas contando. ¿Qué me estabas
diciendo? ¿Meta qué?
—Metahumanos, señor aburrido.
Metahumanos. Mitad humanos mitad prodigios. O manchados o profanos, como también
les dicen.
—¿Prodigios? ¿Y qué tiene que ver doña
Sixtina, Máximo, la marca de la muñeca y el cuento ese con los metahumanos?
—Pues que…
Y otra vez nos habían vuelto a
interrumpir, pero esta vez, mi padre.
—Volveré, no te preocupes. Todavía tengo
mucho que contarte.
—Gau, no te vayas, por favor, solo
escóndete, pero no me dejes.
—Cid, debo irme. Yo voy a regresar por
ti, pero debo irme. Ya no tengo tiempo. Además no puedo volver a soportar tanto
sin ti.
Nos besamos entonces y luego nos
abrazamos. Él se montó al árbol y pasó al otro lado del muro, yéndose sin saber
hasta cuándo nos volveríamos a ver. Cuando mi padre llegó no me habló, solo me
miró con cara de reprensión y me hizo una señal para que lo siguiera. En el
camino me encontré la máscara que le había quitado a Gau, entré a la fiesta y
me la puse. Tenía su olor y no pude quitármela en todo el rato que había estado
ahí. Cuando la fiesta terminó y todos se fueron, me encerré en mi habitación y
me puse a mirar por la ventana un largo rato. Nunca dejé de ver las estrellas
porque han sido siempre las únicas que me han ayudado a despejar la mente en
cualquier situación, pero, sobre todo, porque esas estrellas que estaba viendo
también las veía Gau y eso me hacía sentirlo cerca. Estuve pensando en él y en
lo feliz que me hizo volverlo a ver, pero a la vez, en todo lo que me había
contado. Una vez más había hecho que quedaran más dudas que respuestas y lo que
necesitaba era despejarlas de una vez por todas. ¿Quién había logrado darme las
respuestas que siempre había necesitado? La señora Sixtina, así que supe
inmediatamente qué tenía que hacer. O mejor, a dónde tenía que ir.
